Turismo del horror

Desde Auschwitz a Vietnam, pasando por Camboya, en estos últimos años ha ido en aumento el turismo histórico

En el último lustro, he tenido ocasión de visitar tres enclaves de recordatorio del horror: el campo de concentración de Auschwitz, en Polonia;

auschwitz_birkenau_1

el Museo de la Guerra, en Ho Chi Minh City, en Vietnam, y, más recientemente,

war-remnants-museum-ho-chi-minh-city-vietnam

el Museo del Genocidio, en Phnom Penh, la capital de Camboya.

S-21 PRISON THE TUOL SLENG GENOCIDE MUSEUM Tuol Sleng Genocide Museum (S-21 Prison)-

Es curioso el apogeo, con largas colas de visita guiada en todos los idiomas, que experimentan este tipo de Museos. Pero más lo es aún la metástasis de la atracción del horror al exterior de los recintos. Si hasta hace sólo unos meses, visitar Hiroshima o Nagasaki, llevaría indefectiblemente al recuerdo de la bomba atómica, ¿no se ha desplazado ahora la irradiación del morbo a cualquier punto de Japón? La misma pregunta cabe para un viaje a cualquier país asiático afectado por el tsunami, a una playa de Haití, o la oquedad de las arrasadas Torres Gemelas en el kilómetro cero del centro financiero del planeta (“El hueco de la danza / sobre las últimas cenizas” escribió Lorca de su visita al lugar durante el crack del año 1929).

De los tres citados Museos dedicados al recuerdo del exterminio “organizado”, del hombre por el hombre, ninguno impresiona tanto como el Museo del Genocidio de Camboya, acaso porque se trata del más absurdo y fratricida, y, sobre todo, porque ni siquiera es un Museo. También por lo reciente.

A las afueras de Phnom Penh, en una región selvática, se encuentran los 150 templos de Sambor Prei Kuk, unos extrañísimos monumentos hinduistas del siglo VII, literalmente emboscados y muy diseminados entre sí, de veras angostos, casi del tamaño de un altar, y de elevadísima cúpula de capirote, doblemente camuflados, entre los árboles y con una falsa fachada ciega de reclamo. Según se cuenta, hasta que, en 1998, no se alcanzó la estabilización definitiva del actual Régimen monárquico, estas frondas y templos abandonados sirvieron de refugio a los maquis de los jemeres rojos. El guía te indica la senda, pues las minas antipersonas no han sido aún del todo desbrozadas.

El S-21

Es un preámbulo a la visita al Museo del Genocidio, en el corazón de la ciudad. Lo que sobrecoge del S-21, como se designaba el recinto en el lenguaje en clave de los secuaces del sanguinario Pol Pot, es que se trata de un inofensivo Instituto de Secundaria, y que se va mostrando con sus compartimentos tal cual; los mismos barracones para el hacinamiento efímero y sin retorno, las mismas aulas con sus rudimentarios somieres e instrumental de tortura, sobre las mismas baldosas escolares y paredes carcomidas que, entre 1975 y 1979, sirvieron de antesala a la ejecución de unos 20.000 camboyanos, en ristres de familias completas, y sin juicio alguno, en una escalada paranoica y fratricida, de jemeres al rojo vivo. “Olvidamos para no tener que olvidar”, dice el guía, mientras, ya escaldado y sonriente, señala en uno de los sobrecogedores murales la foto de su tío carnal con visibles signos de tortura. Fue uno de los cientos de miles que, al socaire del triunfo de Vietnam, habían recibido entre vítores la llegada de Pol Pot, antes del enloquecido exterminio… De ahí que todos lo llamen, en Phnom Penh, el Museo del Auto-genocidio.

A 200 kilómetros de allí, en Ho Chi Minh City, la antigua Saigón, se alza el Museo de la Guerra, de Vietnam. Es de visita obligada, con fotos igualmente espeluznantes, en las que se ven a pléyades de vietnamitas lisiados, a causa de las minas y del gas letal, y hay una, sobre todo, en que se ve a un ufano soldado norteamericano sosteniendo, como un trofeo de caza, una cabeza recién arrancada del cuerpo de un vietnamita. Lo que más sobrecoge es la contemplación de hileras de vietnamitas -algunas de ellas de uniformados escolares- contemplando en riguroso silencio los objetos y testimonios de aquel horror, apurando, a toda costa, su lección de vitalismo y madurez, de alegre borrón y cuenta nueva.

PARQUE TEMÁTICO

Lo de Auschwitz, atestado de hileras de turistas con el guía que lleva la banderita en ristre (como si fueran ellos mismos turistas presidiarios) es todo un parque temático. Una vez se pierden por algún pasadizo entre los largos pabellones adosados, uno evoca la ingenua conducción a la cámara de gas… Lo más precavido, por si acaso, es no dejarse guiar, demorarse en algún interior de las simétricas barricadas. Uno no sale con el alma ilesa después de visitar el pabellón 11. Allí se encuentran, si se me permite la brutalidad de la expresión, la peluquería Auschwitz y el maletero y la zapatería Auschwitz. Montañas de cabelleras de todas las edades, hilvanadas, y legiones de engastados zapatos indefectiblemente impares, salpicados por tallas de niños sin cordones, junto a viejísimas maletas para siempre en tránsito. Mucho más impactante que las consabidas imágenes de los cientos de miles (¡4 millones!) de chasis hacinados como radiografías de fantasmas, es aquí, sin duda, esa foto aislada con cuatro niños bien lozanos recién llegados al campo, peinaditos y con sus maletitas en ristre, como en un primer día de clase, que comparecen sonrientes y agitando la manita a la cámara, de espaldas a las puertas del crematorio que, en cuanto se acabe la foto, les aguarda…

Fuera de los sombríos y densos interiores, lo que más sorprende en la visita al campo de Auschwitz es la armonía del espacio, la perfecta geometría con que fue concebida aquella industria de la muerte. Pura asepsia luminosa. De hecho, sus espaciosas calles de enladrilladas casas bajas podrían semejar los bloques de viviendas de un extrarradio londinense, de no ser por las dobles alambradas electrificadas. “El trabajo nos hace libres”, se lee a la entrada en grandes letras, habiendo de incluir en el mensaje -tal es el macabro legado- la irreprochable hoja de servicio de los celadores. A diferencia de las fotos en viva tortura o en vejaciones indecibles, de Camboya y Vietnam, que harían vomitar a un oficial de la Gestapo, aquí la muerte es aséptica: una vez realiza su cometido, la muerte se aplica en el exterminio de sí misma. […] [ANTONIO PUENTE/laprovincia.es]

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*