La herencia envenenada de Pablo Escobar

ABC entra en los suburbios más peligrosos de Medellín

  • Una nueva generación perdida al servicio del narcotráfico combate por el control del negocio

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La oscuridad reina en la escala que comunica el barrio de la Torre con Independencia Dos en la «Comuna Trece» de Medellín. Una imagen de la Virgen María, decorada con flores y unas velas que iluminan vagamente el final de la escala, marca la frontera imaginaria entre los dos barrios controlados por grupos rivales. Marra lleva el rostro tapado con una pañoleta oscura. Su mano esconde un 38. No tiene miedo, desde pequeño ha sido parte de este juego mortal marcado por las implacables reglas del narcotráfico.

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Dieciséis combos se reparten el negocio del vicio ( forma local de denominar al narcotráfico) en el barrio más conflictivo de Medellín. Compuestos por chavales que apenas superan los 12 años y con una esperanza de vida no superior a los 23, estos escuadrones de la muerte se han convertido en la nueva generación perdida del conflicto colombiano. […]

Desde la operación militar «Orión» en octubre del 2002, en la que el Ejército de Colombia, apoyado por la fuerza aérea, tomó la «Comuna Trece» de Medellín, la presencia de los militares aquí es permanente. Como consecuencia de ello, la existencia de unidades de las FARC, ELN y las Autodefensas Unidas de Colombia en los barrios de la Comuna es prácticamente nula. Sus territorios han sido ocupados por nuevos grupos armados al servicio del narcotráfico que usan a los pillos de los combos para la venta de droga al igual que para la práctica del sicariato. […]

 

«Aquí tenemos medias de cuatro o cinco muertos por arma de fuego al día», asegura Juan al tiempo que se acomoda en la silla de su despacho. «Todo lo que usted observa en los barrios es la herencia de la cultura de Pablo Escobar. No hace mucho tiempo en esta ciudad se pagaban dos millones de pesos, unos ochocientos euros, por la cabeza de un policía. La ley del plomo al servicio del narcotráfico era la ley de esta ciudad. Hoy la situación es mucho mejor, pero, sin embargo, ahora son peladitos de catorce a veinte años los que se matan».

Los nuevos sicarios de Medellín son el resultado del fracaso de las políticas sociales del Estado colombiano. Niños y niñas que ante la falta de oportunidades y la realidad heredada del conflicto han sido marcados por la cultura de la violencia y la ley del narco.

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Las fronteras imaginarias que dividen la Comuna en territorios y bandos son el nuevo frente de combate de esta generación de la violencia. Se matan entre ellos sin saber realmente el motivo por el cual lo hacen.

La radio rompe el silencio de la guardia de Juan. «Homicidio por arma de fuego en la “Comuna Trece”. Un cadáver por arma de fuego que ha sido tiroteado en el descampado de un parqueadero», informa la radio. La unidad especial de CTI se pone en marcha. Son ya las diez de la noche y el tráfico en la ciudad es nulo.

«La historia de siempre»

Una cinta amarilla en la que se puede leer «CTI» marca los límites de la escena del crimen. Juan, vestido con un traje blanco y armado con una linterna, recorre paso a paso el lugar de los hechos. Junto a la cinta amarilla, la Policía impide el paso a un grupo de curiosos que observan la macabra escena. Entre ellos no se encuentra ningún familiar. La linterna de Juan alumbra el cadáver. Un varón de color de apenas quince años. A primera vista no aparenta ser un robo. Sus asesinos no le han quitado su cartera ni sus lujosas zapatillas de deporte. «A este pillo no le han dado ni una oportunidad», comenta Juan mientras analiza los siete impactos de bala del calibre 38 que presenta el cuerpo. «Esto lo han hecho dos gatilleros, y le han disparado por la espalda cuando la víctima pretendía huir. Juraría que es un ajuste de cuentas entre miembros de combos rivales. La misma historia de siempre».

Rosa intenta tomar testimonio a algunos de los testigos. Nadie ha visto nada, nadie ha escuchado nada. El coche morgue del CTI entra en la escena del crimen. Una bolsa de plástico envuelve el cadáver. Dos operarios del CTI toman las últimas notas del levantamiento mientras lo introducen en el interior del vehículo.

En la intimidad, Juan reza un solitario Padrenuestro por el alma del muerto. «Un nuevo cadáver, un desgraciado más, una nueva víctima de la herencia de Pablo Escobar. Así es este trabajo». [ÁLVARO YVARRA ZAVALA/abc.es/]

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