Tufia, una piscina con cangrejos

En Tufia la acera termina en la arena.

Los que veranean allí lo llevan haciendo desde hace décadas.

Playa familiar y marinera por excelencia, es la viva imagen de un pueblo costero.

Resguardada del viento y sin corriente es el lugar perfecto para descansar con el sonido del mar y darse un baño en su agua cristalina.

Esencia de pueblo marinero, de casas blancas, puertas y ventanas azules, de familias con niños y de olor a pescado. Así es Tufia. Una de las joyas que esconde Telde en su litoral. Apartada del bullicio y al soco que no deja que entre el viento, cada mañana de agosto se tiran en la arena sus veraneantes incondicionales.

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La mayoría lleva muchos años viniendo a este rincón teldense, de hecho a los foráneos los captan al vuelo. “Esta es nuestra playa. Aquí llevamos desde que éramos chicas y nos traían nuestros padres. ¡Fíjate si ha llovido desde entonces que ahora somos nosotras las que traemos a nuestros hijos y nietos!”, asegura Carmen Macías, quien, junto a su hermana Julia, se acaban de sentar en las sillas para ponerse las “calamares de toda la vida” y darse un chapuzón.

Que en Tufia se respira ambiente familiar no se puede negar. En la orilla, Minerva, de tan sólo 11 meses, se agarra a un dedo de su madre, Carmen Chirino, y empieza a dar sus primeros pasos sobre los callaos. “En mi casa todos hemos aprendido a caminar y nadar en esta arena”, afirma la madre orgullosa mientras no le quita ojo de encima a la chiquilla. “Es una playa ideal para venir con niños. Aunque hay rocas en la entrada, ellos pueden ir solos a bañarse y nosotros vigilarlos desde la orilla. La verdad que para mí es perfecta”, apunta Carmen.

Aquí no hay bares, ni restaurantes, ni tiendas… Tan sólo en agosto tienen un chiringuito. No es playa de aglomeraciones ni turistas. Desde la arena se puede escuchar al panadero tocar a los vecinos para llevarles el pan a casa. El agua está cristalina y el sonido de las olas invita a cerrar los ojos y evadirse del mundo.

“Estoy cogiendo cangrejos con mi red. Pero después los vuelvo a tirar al agua”, chilla desde las rocas Ernesto Collado. El enano de siete años está metido en faena desde buena mañana. Y es que en un pueblo marinero como Tufia cualquiera quiere ser pescador y anclar allí. [ANA DE LEÓN/laprovincia.es]

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