Medellín tiene callejeros del mundo

medellinEL CUARENTA POR ciento de habitantes de la calle en Medellín no es de la ciudad. Entre ellos hay varios de otros países que se quedaron por el clima y la generosidad.

Fabián Levy parece un pájaro peludo que silba suavemente. Tiene la piel quemada, los ojos vidriosos y redondos y en las manos un par de testimonios azul con blanco que le sirven para hacer maromas. Fabián es argentino y desde hace seis años habita en las calles de Medellín.

Le parece la ciudad más genial, el mejor clima. «Perfecto». En la calle, mientras no haga mucho frío o el sol no tueste, es perfecto. Mientras haya comida y lugar donde bañarse, es aún más perfecto. Incluso más, una ciudad generosa en limosnas, es perfecto, perfecto.

-Mi padre era cirquero. Así que yo aprendí algunas maromas y de eso vivo- dice con su voz de pájaro triste y peludo. Y se pone frente a los carros que se paran en el semáforo de la Avenida Oriental con la glorieta de Fatelares y comienza a lanzar al aire palos pintados. Su pelambre es espesa y opaca y sus manos son livianas. Los pedazos de madera se elevan por el aire, una vez, dos veces, tres veces. Alguien debería aplaudir, pero solo continúa el ruido de la calle y algunas monedas.

Se quedó en Medellín, repite, por el clima. Alguien me dice que también se quedó por otras cosas que envician. Fabián hace parte de esa «legión extranjera», de criollos e internacionales, que llegan a Medellín cada año buscando el paraíso reclamado.

Fabián me mira con esos ojos solos a través de la selva de su cabello. Diariamente recoge 20 mil pesos en monedas que, digamos, se gana con el sudor de su frente: durante ocho horas diarias, sin descanso, Fabián o el «Che», como lo conocen, lanza esos palos pintados por los aires en cada cambio de semáforo. Son unas 80 funciones diarias, a razón de 300 pesos en monedas por acto.

-Ese dinero le queda para el consumo, básicamente- explica Lucas Arias, coordinador de la atención al habitante de la calle- porque nosotros le damos comida, lo vestimos y él duerme en la calle.

«Y no se corta el pelo ni la barba», pienso. Entonces hay que saber por qué habita la calle. Y la respuesta es sencilla: en Argentina no le quedaba nada. Su padre murió, su familia lo aisló debido a su adicción a las drogas y solo le quedó caminar por el mundo. Y en Medellín se amañó.

También fue la historia de Jeison Anderson. Él es ecuatoriano, de manos finas y ademanes suaves. Se mantiene con una pañoleta violeta en el cuello. También cayó en tentación. Vive en el río, en esos apartamentos improvisados que son las tuberías de desagüe. Hace cuatro años que habita las calles de Medellín. Vive de lavar la ropa de sus compañeros, de hacer almuerzos de mil pesos que incluyen sopa, seco y un vaso de frutiño. De soñar con ser un estilista profesional. […] [www.elcolombiano.com/En las calles de Medellín también viven extranjeros]

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