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ARQUITECTURA E INTERIORISMO

Contra las casas que parecen consultas de dentista: menos luz es suficiente

“La arquitectura es la encargada de hacer morir dignamente la luz”. Esta frase del arquitecto navarro Eduardo de Miguel, más allá de su factura lírica, expresa una responsabilidad concreta que debería asumir cualquier proyecto arquitectónico.

—   No obstante, basta recorrer cualquier promoción de viviendas reciente en España para constatar que hemos olvidado esa premisa: cocinas blancas, superficies brillantes, suelos porcelánicos pulidos como espejos, falsos techos perforados por un microcosmos de ojos de buey de luz blanca, tiras LED en ranuras de zócalos, de molduras, de armarios, de pasillos y de salones que emulan pistas de aterrizaje domésticas.

—   Una noche cualquiera de invierno, este tipo de nuevas viviendas reproducen la claridad clínica y aséptica de un quirófano o de una consulta odontológica: no hay transición, no hay gradación, no hay matiz, no hay penumbra, no hay noche. Prender el interruptor significa trasladarse al mediodía del Trópico de Cáncer. Esta estética tan propia de los llamados bloques cebra —blanco, negro, superficies duras y sintéticas, iluminación homogénea— ha convertido la sombra en un error técnico. Si algo no se ve con claridad y nitidez absoluta, parece que está mal diseñado y se estigmatiza como si se tratara de un escenario propio de una situación de pobreza energética. Con este derroche innecesario de iluminación hemos terminado confundiendo intensidad con calidad y cantidad con sofisticación. Hemos malinterpretado que más luz signifique más progreso. […]

—   Esta nueva tendencia en viviendas, que en principio representan el sumun del diseño más impecable, eficiente y deseable, en realidad resultan frías, impersonales y hasta hostiles para nuestro cuerpo. […]

—   La noche, que antes entraba progresivamente en la casa, hoy se interrumpe de forma brusca: cocina, salón, pasillo y dormitorio comparten la misma temperatura de color, la misma intensidad, el mismo blanco neutro que todo lo iguala y anula cualquier jerarquía espacial. Esta sobreiluminación constante empobrece la experiencia estética y erosiona la percepción del tiempo.

—   La calidad de un espacio no depende de su grado de exposición, sino de su capacidad para acoger distintos estados de ánimo y actividades. Basta pasear por la calle para comprobarlo: resultan más atractivos los restaurantes apenas iluminados, con unas velas titilando sobre las mesas y zonas en penumbra que insinúan más de lo que muestran. Ese misterio es sugestivo, invita a entrar.

—   En cambio, un interior completamente bañado por luz blanca y uniforme tiende a evidenciarlo todo: los defectos, la suciedad, la descoordinación entre materiales y objetos. Cierta oscuridad es un recurso que otorga profundidad, elegancia y carácter. La sombra nunca es un error. 

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