CUBA – ‘Entre bandidos y ballerinas en La Habana’ (2)

Frank comienza a mostrarme en la casa que es una de las más antiguas en El Vedado, construida en 1892. Ha ido en herencia de abuelo a padre y ahora a Frank y su mujer con el nombre de tono algo burlesco, señora Fifi. Como la mayoría de las casas coloniales, esta también está dividida entre varias familias.

El ‘sightseeingtour’ por el del antiguo edificio es corto. Unos minutos después de que empezara ‘cava’ Frank un catálogo de piezas de coches de un decímetro de espesor de las pilas sobre el escritorio. Navega con entusiasmo a través de las páginas quebradizas con tinta saturada en la ‘biblia de piezas de coches’ que contiene cada pieza que ha estado montada en cada Chevy hasta mediados de los sesenta. De repente señala con el dedo índice una imagen.

– Ahí está mi coche. Un Chevrolet sesenta y uno, convertible! , dice con orgullo, y agrega:

– Tengo todas las piezas necesarias en original, también el equipo de música, la parte más importante.

Si se ha ido con uno de los muchos taxis en La Habana se entiende lo que quiere decir. Ningún taxista con orgullo de profesión y autorespeto deja entrar a pasajeros, a menos que pueda ofrecer monótona música de tono reggae golpeante en volumen suficientemente alto como para exprimir las abolladuras en la carrocería.

– Tal vez de aquí a dos meses pueda terminar mi trabajo en la tienda y empiece a conducir taxi, exclama Frank.

Él se sienta en el coche. Un sordo ‘estornudo’ prolongado se escucha cuando las piezas en el motor comienzan a estirarse antes de dar un rugido de león que hace que los tesoros de porcelana del jardín de Fifi tiemblen. A través de la sucia y agrietada ventana del coche brillan las ‘dos filas de dientes’ de Frank.

Hasta hace un año, era El Vedado no mucho más que una zona residencial en lento deterioro. Las casas que fueron abandonadas por la clase alta a mediados de la década de 1900 fueron tomadas por el resto de la población para luego ser compradas por el gobierno. El problema era sin embargo que no estaba permitido a la gente común el comprar o vender viviendas. Se estaba simplemente atascado con lo que se tenía y reparar la casa de uno era apenas una buena inversión, porque después de todo las casas no se podían vender. Hace un año sin embargo dieron los hermanos Castro un giro completo e hicieron permisible vender casas. Se espera que la gente ahora, gracias a la posibilidad de realmente poder vender su vivienda vea la inversión en sacar la espátula para nivelar de nuevo algunas de las grietas en las fachadas.

Del portal de al lado de la casa de Frank y Fifi salen dos mujeres. Vestidas como recién ‘bajadas’ de una película de baile estadounidense, capas sobre capas de suaves suéteres y – a pesar del calor de casi 40 grados – con gruesos calentadores de piernas. Son altas, delgadas y con espaldas rectas cruzan la carretera con la mirada en un joven que ingeniosamente ha colocado su carro con una caja de cristal parecida a un acuario llena de pasteles y cosas dulces frente a la salida de la mayor compañía de ballet de Cuba. Ballet Nacional de Cuba.

El apretón de manos que Eduardo Blanco usa cuando me saluda con voz risueña podría igualmente haber sido intencionado para recibir a una cría de pájaro. Él es uno de los coreógrafos de la compañía de ballet en El Vedado. Él cuenta cómo a la edad de trece años recibió billete pagado a España para ‘afilar’ sus conocimientos de ballet y cómo él ya seis años más tarde fue preguntado por Alicia Alonso, la bailarina de Cuba más famosa de todos los tiempos, sobre trabajar como coreógrafo en la compañía donde ahora nos encontramos fuera. Al mismo tiempo, observó Fidel Castro su don por la danza y lo invitó a cenar.

– Duró de las siete de la tarde a las siete de la mañana.

Cuando el reloj marcaba las cinco tuvo que venir Fidel y despertarme de la mesa, dice, riendo.

– Fidel es fantástico, exclama en un suspiro.

Noto que tengo dificultad en ocultar mi sorpresa al oír a alguien que apenas ha cumplido los treinta decir algo bueno de Castro. Los tonos suelen sonar a menudo muy diferentes de cubanos en esa edad.

Dentro del portal en el patio interior abierto están sentados los bailarines que están listos para el día con toallas al hombro y botellas de agua en la mano y sudan juntos.

El edificio parece muy pequeño y anónimo desde el exterior, pero es un gigantesco laberinto de pasadizos, puertas, arcos y habitaciones del tamaño de salas de gimnasia con suelos de madera de barniz claro. Al final, terminamos en la calle al otro lado y necesitamos meternos adentro y subir  escaleras a dos puertas de distancia.

En el local de entrenamiento de Eduardo han comenzado a calentarse las jóvenes bailarinas. La música del noruego Edvard Grieg se toca desde un CD, que en ocasiones se bloquea durante varios segundos.

Las grandes ventanas están abiertas a ambos lados de la habitación, pero la temepratura exterior difícilmente puede ser culpada de ser refrescante. En cada pausa van las bailarinas a los pequeños ventiladores que están emplazados en las paredes del local y que desesperadamente tratan de mover el aire alrededor.

Como si tuviera que ver con un Dr Jekyll and Mr Hyde del ballet desaparece la imagen cuidadosa de Eduardo de repente y corre con movimientos fervientes fuera a la alfombra para mostrar cómo su coreografía está pensada que será mostrada.

– Cinco, Seis, Siete, Ocho!

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Él cuenta el ritmo y mueve los brazos. En el camino de regreso a su silla de plástico frente al espejo de pared, con la espalda girada contra los bailarines, pone de manifiesto con un ‘otra vez’ que se debe repetir.

Cuando bajamos del piso de arriba, en una apretujada escalera pintada de azul, se para Eduardo. Mira rápidamente a su alrededor y se inclina hacia mí con una sonrisa engañosa.

– Esto es por Alicia, dice él e inclina la cabeza hacia las barandillas de madera a ambos lados  de la escalera.

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Alicia Alonso es ahora, a sus 90 años, directora artística del Ballet Nacional de Cuba y ‘diosa hogareña’ para la mayor parte de los que tienen algo que ver con ballet en La Habana y el resto del país. Cada vez que Eduardo menciona el nombre de Alicia está precedido de una pausa pequeña pero notable, y el nombre se dice con un tono más suave. Como si él quisiera decirlo con devoción. Como si el nombre estuviese hecho de cristal de vaso frágil y fuese a romperse en mil pedazos si se tomase con manos ásperas y callosas.

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Y con razón. El camino de Alicia Alonso de niña bailarina prodigio a convertirse en una de las once personas en el mundo que han sido designadas prima ballerina assoluta apenas fue un camino de rosas y fue entre otros a través de tres operaciones de la vista a sus veinte años y entre estas, la última de las cuales le obligó a permanecer inmóvil en la cama por un año entero. A pesar de las muchas operaciones fue Alicia parcialmente ciega durante toda su carrera. Se requería que su pareja de baile estuviese exactamente en el lugar correcto y para su ayuda ella también contaba con luces bien emplazadas alrededor del escenario. Se necesita mucho menos que eso para que también yo haga una pequeña pausa antes de mencionar el nombre de alguien.

El sol ha comenzado a descender sobre los tejados antes de Eduardo ‘suelte’ a sus jóvenes bailarinas. Desde las ventanas veo El Vedado desde arriba y de repente me llama la atención lo que aquella expresión sobre la señora y el maquillaje significaba (?). El Vedado, al igual que Alicia Alonso, puede que sea viejo con gran cantidad de grietas y arrugas a cubrir, pero tiene una historia y una experiencia de vida que arrolla a casi todo. [Traducido de la revista Vagabond, edición impresa / #2.2013/”BLAND BANDITER OCH BALLERINOR I HAVANNA”]

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