El morbo de la faldita blanca

Un partido entre Ana Ivanovic y María Sharapova, puede hacer que un hombre cancele un partido de fútbol entre el Milán y el Real Madrid. Y no precisamente por ver una volea memorable.

Hace varios años que el tenis femenino no tiene una número uno estable, las hermanas Williams entran y salen del circuito y Caroline Wozniacki nunca ha ganado un Grand Slam, no hay jugadoras de la talla de Steffi Graf. Sin embargo, un partido entre Ana Ivanovic y María Sharapova, puede hacer que un hombre cancele un partido de fútbol entre el Milán y el Real Madrid. Y no precisamente por ver una volea memorable.

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A Fiona Walker le sucede que su trasero es, de largo, más conocido que su rostro. Cuando Fiona tenía 18 años, por allá del año del señor 1976, su novio le tomó unas fotos vestida como tenista. En algún momento de la sesión, el sujeto le pidió que se levantara la faldita, se despojara de los calzones y le mostrara a la cámara las nalgas desnudas.

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“Tennis girl”, como fue llamado el clic resultante, ha sido una de las imágenes más vendidas, como cartel, postal o calendario, en la historia del deporte en el Reino Unido y su distribución mundial se calcula, al menos, en dos millones de copias.

Pero podemos postular que tal éxito no es solamente responsabilidad de los saludables rebles de la muchacha, que lo son y bastante, sino del trajecito que los deja al descubierto. Aceptémoslo: el traje de tenista y las chicas que lo visten son, sin duda, uno de los fetiches deportivos más extendidos del mundo.

El fetiche en sí contiene elementos notables, que lo alejan de otros uniformes que pueblan las fantasías de los varones. Como el de las cheerleaders, por ejemplo. Porque ellas no son más, al fin y al cabo, que animadoras a las que los equipos procuran desvestir de modos creativos para mantener en alto el espíritu (y no especulemos qué más) de sus aficionados.

No: el tenis es uno de los pocos deportes en que las mujeres son aproximadamente tan reconocidas y famosas como sus contrapartes masculinas. Las tenistas estelares son doncellas con rostro mediático y personalidad propia, que levantan la voz a los jueces, que se disputan los puntos en juego pero también las masas de adeptos, los contratos publicitarios, los patrocinios directos. Son mujeres, por tanto, fuertes e independientes, al menos en la imagen. Pero esas amazonas llevan falditas que tapan escasamente lo que deberían tapar y dejan al aire, sin necesidad de accidente o descuido, extensiones notables de piel desnuda.

maria sharapova ana ivanovic

¿Por qué nos gustan las tenistas? Me temo que por eso: porque son estrellas (y no servidoras, como las ya citadas cheerleaders), pero estrellas que enseñan las piernas y, en caso de imprudencia, mucho más que ellas. […] [Por Antonio Ortuño/revistadonjuan.com/]

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