Los petirojos

El petirrojo, conocido fuera de Europa como petirrojo europeo, (Erithacus rubecula) es un pájaro que está distribuido por toda Europa, principalmente en la región meridional y occidental del continente, donde habita todo el año, y en la zona occidental de norte América.

Tiene el tamaño de un gorrión (largo de 14 cm), pero es más ligero. Es distinguible por el color naranja intenso de su pecho y parte de la cabeza, sobre un plumaje grisáceo. Es relativamente confiado con el hombre, pudiendo llegar a comer de su mano, en algunos casos.

En el petirrojo, generalmente es la hembra la que acude al macho en su territorio. Cuando ella está esperando la segunda puesta, el macho se encarga de la alimentación de la primera. Los recién nacidos empiezan a volar a los 13-14 días de salir del huevo.

  • Periodo de nidificación: de abril a agosto.
  • Número de crías: 1-2 al año.
  • Número de huevos: 5-6 en cada puesta. Son blancos con puntitos marrones.
  • Incubación: 13-14 días.

El petirrojo se nutre en campo abierto. Se alimenta, mayoritariamente, de invertebrados pequeños que viven en el suelo (insectos, sanguijuelas o gusanos). En otoño y en la primavera se alimenta también de bayas y frutos pequeños. […] [Erithacus rubecula]

 

Ahora que el frío y el invierno ya han llegado, cuando los voceríos de grullas, gansos y demás bandadas empiezan a sedimentarse en sus áreas de invernada, en el paisaje sonoro sólo quedan el silencio y algunas pequeñas cosas.

Pequeña es la voz de los petirrojos, tan líquida y melódica en épocas de canto y reducida ahora a unos chisporroteos para mantener el contacto entre ellos.

Pero en esto de pespuntear el silencio los petirrojos no están solos. Una tarabilla reclama en un arbusto y se enzarza a chasquidos con un chochín. Por detrás de lo pequeño, lo más grande, el mar junto a los prados costeros en las islas Cíes.

En los pinares de las sierras, bajo el vuelo de las copas de los árboles, se escucha el vacío. A veces pasan los bandos de aves forestales, los siseos de los mitos y los carraspeos de carboneros y herrerillos. Charlotean los zorzales charlos. Un pulso, agudo como un alfilerazo, taladra el tímpano: un reyezuelo listado. Pero en el fondo no hay nada. Tan sólo una corneja grazna a lo lejos y subraya el vacío de los pinares de Cazorla.

Por los campos abiertos, los mismos que de día y de noche se llenan con los gangueos de las bandadas dispersas de gansos silvestres en paso, deambulan los bandos de fringílidos, jilgueros y pardillos en busca comunal de cardos y demás fuentes de alimento. En un poste silba una cogujada. A veces reclama un triguero. Pero el horizonte está muy lejos en los campos de Aragón. De nuevo, la llamada de una corneja dibuja una línea sonora en lontananza.

También en las riberas, a medida que el caudal del agua sube con las lluvias y nevadas, la actividad sonora baja. Entre las marañas no queda casi nada de los jolgorios pasados, salvo el crepitar de un grupo de lavanderas blancas en torno a un dormidero, en el valle del Eresma. […] [Por: Carlos de Hita/Voces que suenan a poco | Ciencia | Accesible | elmundo.es]

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