La escritora y antropóloga noruega Erika Fatland ha encontrado en los viajes una forma de entender el mundo y contar cómo vive la gente en lugares marcados por las guerras, las dictaduras y los antiguos imperios. En esta entrevista repasa su infancia, sus libros y las experiencias que más la han conmovido.
Una infancia difícil y una salida al mundo. Creció en una pequeña localidad noruega, donde se sentía sola y se refugiaba en la lectura. A los diez años trabajó en el matadero familiar porque su padre consideraba que debía hacer algo más que leer. Tiempo después dejó de comer carne. Su vida cambió a los dieciséis, cuando se fue a estudiar a Lyon: aprender otro idioma y desenvolverse lejos de casa le dio confianza para viajar a cualquier parte.
De las masacres a la literatura de viajes. Sus primeras obras abordaron las tragedias de Beslán y Utøya, donde un primo suyo resultó herido y sobrevivió. Al investigar ambas comprendió lo importante que es conocer la verdad para superar un trauma. Contrasta las mentiras y manipulaciones que encontraron las familias de Beslán con el debate público sobre los errores de las autoridades noruegas tras Utøya.
Después de pasar tanto tiempo escribiendo sobre el sufrimiento, encontró un respiro en Sovietistán, dedicado a las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central. Descubrió que la literatura de viajes le permitía combinar historia, política, cultura y relatos personales con mucha libertad.
Rusia, sus vecinos y la guerra de Ucrania. Para escribir La frontera recorrió los países que rodean Rusia y exploró lo que significa convivir con una potencia tan enorme. Le gustaría dedicar un libro al propio país, pero considera que tendrá que esperar por sus críticas al Gobierno ruso.

Su nuevo libro se centra en Ucrania y en las experiencias de sus habitantes durante la guerra. Quiere mostrar una sociedad diversa: personas que resisten, otras que intentan mantener su rutina y también hombres que se esconden para evitar combatir. Le impresiona especialmente quienes arriesgan la vida para rescatar animales, incluida una joven de Járkov que se negó a marcharse porque cuidaba murciélagos. Para Fatland, la guerra revela tanto lo peor como lo mejor del ser humano.
Dictaduras y aislamiento
Aunque encontró un fuerte control político tanto en Turkmenistán como en Corea del Norte, considera mucho más extremo el aislamiento norcoreano. Señala que en Turkmenistán algunas personas conocen lo que sucede fuera y critican al Gobierno en privado. También advierte de que la participación norcoreana en la guerra de Ucrania permite a sus soldados adquirir experiencia militar moderna.
El lado oscuro del Imperio portugués
En Los navegantes sigue sus huellas por África, Asia y América. Cuestiona la imagen de Portugal como un colonizador benévolo y destaca su enorme participación en el tráfico de esclavos, el racismo colonial y las consecuencias de una retirada desordenada de las colonias africanas. Cree que la memoria portuguesa debería equilibrar el orgullo por las exploraciones con el reconocimiento de esos abusos.
Viajar sola también le abre puertas. Ser mujer exige ciertas precauciones, pero le permite acceder a mujeres con las que un escritor varón difícilmente podría conversar. Además, algunos hombres bajan la guardia porque no la consideran una amenaza y le cuentan más.
Fatland no viaja principalmente para encontrarse a sí misma, sino para investigar y escuchar. Aun así, siente que cada libro la transforma. Defiende que las grandes experiencias suelen llegar cuando se sale de la comodidad y espera seguir viajando hasta una edad avanzada.