El lunes harán la única corrida de toros del país

Se hace en Casabindo, Jujuy, en honor a la Virgen de la Asunción. El poblado queda a unos 3.400 metros de altura y a 55 kilómetros de Abra Pampa. La competencia no es para matar al animal sino para quitarle una vincha colorada que lleva atada a sus cuernos.

Casabindo tiene sólo 165 habitantes, pero cada 15 de agosto se repleta: unas 4500 personas venidas de todas partes, llegan para asistir a la más insólita corrida de toros del mundo, el Toreo de la Vincha.

Casabindo, indios Suris

La corrida se realiza en honor a la Virgen de la Asunción, patrona de ese pequeño poblado jujeño situado a 3.400 metros de altura y a 55 kilómetros de Abra Pampa, en la Puna profunda.

Cuando el toro entra al ruedo -un corral de arena bordeado de pircas grises- no se enfrenta con un torero con capa y espada y cubierto de raso y lentejuelas, sino con entusiastas changos de pantalón gastado y zapatillas, que lo azuzan con ponchos colorados, no para herirlo, ni mucho menos matarlo -la muerte no está invitada a esta fiesta- sino para quitarle la vincha colorada con monedas de plata que lleva atada a sus cuernos.

Los rumiantes tampoco son ningunos mihuras, sino toritos criollos, surgidos de la cruza de Holando Argentino y Brangus, criados en las fincas cercanas.

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El ruedo está frente a la Iglesia -enorme para un pueblo tan pequeño- y la imagen de la Virgen preside la corrida como invitada especial pues el 15 de agosto es el día de la asunción de ‘la mamita‘ a los cielos y eso hay que festejarlo como Dios manda. O como al sincretismo se le ocurra, porque allí los límites entre la religión católica y los ritos indígenas se desdibujan.

El Toreo de la Vincha no sólo es la única corrida que se hace en la Argentina, también es la única que oficia de ofrenda y oración.

Conocida como ‘Catedral de la Puna‘, la Iglesia es tan antigua que su construcción fue impulsada por el Deán Funes en 1772, sobre los cimientos que databan de 1690.

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El templo posee una bóveda en forma de medio cañón, y una de sus campanas tiene grabado un año, 1722, que coincide con el tiempo de esplendor de Casabindo, nombre de una belicosa parcialidad aborigen.

La fiesta comienza la noche anterior, cuando se encienden los fogones y comienzan a sonar en las peñas erques, charangos y sikuris, esas cañas atadas y cortadas al bies que suenan con notas que sólo dicta el Altiplano.

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El 15, desde el amanecer, una larga caravana de autos y buses llega desde la ruta 11 con miles de visitantes abordo, que se alojaron la noche anterior en Humahuaca, Uquía, Maimará, Tilcara o Huacalera (en Casabindo no hay dónde hacerlo) para asistir primero a la misa y procesión y luego al Toreo de la Vincha.
Tras varias misas, se vive al fin el instante más solemne: la imagen de la Virgen, que lleva a sus pies una vincha colorada con monedas de plata, sale del templo en andas, en medio de campanadas y bombas de estruendo.

Hay olor a incienso en el aire mientras los samilantes -bailadores de sombrero con plumas de ñandú y cascabeles en muñecas y rodillas– danzan de contínuo frente a la iglesia, al son de las cajas y las quenas.

Dicen los peregrinos que para disfrutar de la fiesta de Casabindo, que en quechua significa ‘hondura helada‘, hay que llegar temprano, para escuchar la primera misa y ver a los misachicos, pequeñas procesiones que vienen desde las Salinas Grandes y Abra Pampa.

Primero salen los samilantes, bailando ‘La Cuarteada‘ (dos parejas, a la manera de Tupac Amarú, tironean de las patas a un cabrito entero recién carneado, para ver quién se queda con el cuarto para asar); detrás se ubican los estandartes y los misachicos, seguidos por la Virgen, de manto celeste y cabello natural, rodeada por un arco de tul adornado con flores de papel, y el resto de los peregrinos. […] [Ana María Bertolini/ellitoral.com]

 
 

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