Llevo más de un año diciendo que los coches eléctricos no me entran por los ojos. Me molesta su altura, me cuesta imaginar cómo apañármelas sin cargador propio y no me hace ninguna gracia depender de los puntos de carga públicos o tener que organizar mi día a día alrededor de la batería. Pero, además, está la pinta que tienen algunos…

Antes, la parrilla era como el DNI de cada marca. Veías el frontal y sabías qué coche tenías delante. Ahora, en muchos modelos, la han cambiado por una especie de tapadera con el logotipo pegado. ¡Y a correr! Para mí, un coche sin parrilla es como una cara sin cejas: parece que le falta algo.

La parrilla clásica de Volvo, por ejemplo, siempre me ha parecido bonita. Tenía personalidad, elegancia y era reconocible al instante. Yo, desde luego, nunca escuché a nadie decir que había que quitarla. Viendo algunos frontales actuales, me sale sola la frase: «¡Todo era mejor antes!».

Esas superficies lisas me resultan aburridísimas. Algunos coches parecen un diseño a medio terminar, como si alguien hubiera dejado el frontal en blanco y se hubiera olvidado de añadir los detalles. Los miro y pienso: «¿Esto ya está acabado?».

Y ahora, después de tanto tiempo llevándome las manos a la cabeza con los diseñadores, parece que algunas marcas chinas también han visto ese vacío. ¿Su solución? Recuperar el aspecto de las antiguas parrillas… ¡pero a lo bestia! Hemos pasado de la tapadera sin gracia a una parrilla gigantesca que casi se come el coche. «Algo es algo, dijo un calvo cuando encontró un peine sin púas».