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EPSTEIN Y LA PEDOFILIA COMO MERCADERÍA DE LUJO 

…PARA LA ÉLITE MUNDIAL

Secreto, clase social, violencia y el consumo de cuerpos de ‘meninas’**

Por https://apublica.org/autor/Joana-Montelene/

Agência Pública 

A finales del siglo XIX, en Londres, circulaba discretamente una revista erótica llamada The Pearl. No se vendía en quioscos ni estaba dirigida al público general. Impresa en ediciones limitadas, distribuida por suscripción y leída en círculos selectos, formaba parte de una sociabilidad masculina que combinaba curiosidad literaria, transgresión y distinción.

Figuras como Richard Francis Burton —explorador, traductor de textos eróticos orientales y asiduo de clubes privados— orbitaban en este universo donde el erotismo no era solo consumo, sino un símbolo de pertenencia. El valor no residía únicamente en el contenido, sino en el acceso. Leer lo que pocos podían leer era un privilegio. Compartir lo que no podía circular públicamente generaba complicidad.

La historia no terminó ahí. Simplemente cambió la tecnología.

Hoy en día, lo que circula en los círculos cerrados de la élite no son ejemplares impresos raros, sino imágenes digitales. El secretismo sigue siendo el pilar del grupo. Y cuando salieron a la luz los archivos privados de Jeffrey Epstein, lo que surgió no fue solo un escándalo sexual. Fue la revelación de un mundo aparte.

Resulta cómodo tratar estos episodios como perversiones individuales. Esta interpretación protege la estructura. Sin embargo, lo que se revela es una forma específica de sociabilidad masculina —transnacional, financiarizada, protegida— organizada mediante el acceso restringido, la circulación controlada de personas y la producción de lealtad entre pares.

Para comprender esta forma, conviene recurrir a un clásico. En 1899, Thorstein Veblen publicó La teoría de la clase ociosa, donde describió el mecanismo del «consumo ostentoso». Ostentoso significa visible, llamativo. La élite consume para ser reconocida. El derroche es lenguaje. El lujo comunica estatus.

Veblen comprendió que la élite no se sustenta únicamente en la acumulación de riqueza, sino en la capacidad de convertirla en reconocimiento social. El tiempo libre, el exceso, la mujer exhibida como adorno de la posición masculina: todo ello funcionaba como prueba pública de superioridad. El consumo necesitaba una audiencia.

El capitalismo del siglo XXI ha perfeccionado esta lógica. El consumo ya no necesita ser visible para todos. Basta con que sea visible para los círculos adecuados. La distinción se ha segmentado. La admiración universal no importa; lo importante es el reconocimiento dentro del círculo social apropiado.

De esta forma, las redes sociales han hecho explícita esta dinámica. Instagram no abolió la ostentación; la fragmentó. La visibilidad se ha vuelto algorítmica. El valor simbólico de una experiencia depende menos de la aprobación general y más de la validación dentro de circuitos específicos.

En el capitalismo financiero contemporáneo, esta lógica alcanza un extremo. La élite actual está compuesta por una realeza fragmentada, gestores de fondos globales, intermediarios financieros, magnates de la tecnología y herederos conectados a flujos de capital transnacionales. El dinero cruza fronteras con facilidad, y lo mismo ocurre con las personas.

El lujo contemporáneo, como demostró el sociólogo Renato Ortiz en su libro El universo del lujo, es a la vez global e hiperrestringido. Crea un territorio simbólico propio, articulado por redes exclusivas y experiencias inaccesibles para la mayoría. El valor no reside solo en el objeto, sino en pertenecer a este espacio protegido. Aquí es donde los archivos de Epstein se vuelven reveladores. El intercambio obsesivo de imágenes, el registro sistemático de encuentros, la circulación restringida de fotografías no son meros detalles escandalosos. Funcionan como certificados de acceso. Son prueba de pertenencia al círculo selecto. El valor reside no solo en el acto en sí, sino en la posibilidad de compartirlo entre iniciados.

Y hay un elemento innegable: muchas de las víctimas eran niñas. La presencia recurrente de adolescentes vulnerables no es un detalle circunstancial. Revela una radicalización de la lógica de la rareza. En el universo del lujo, el valor reside en la exclusividad. La extrema juventud se transforma perversamente en un signo de distinción.

El cuerpo femenino —y, aún más brutalmente, el cuerpo de una niña— deja de ser un mero objeto sexual para convertirse en una mercancía relacional. No circula en un mercado abierto. Se presenta, se señala, se desplaza, se comparte dentro de redes específicas. La posesión momentánea importa menos que la demostración de acceso.

La pedofilia de élite no es solo un delito individual —aunque es un delito grave y devastador—. Funciona como un mecanismo de cohesión. La violencia se incorpora al circuito de reconocimiento masculino. El riesgo compartido crea dependencia mutua. El secreto consolida alianzas.

[…][Epstein e a pedofilia como mercadoria de luxo da elite global]

** IA: “El término «menina» (o «niña») no tiene un límite de edad estrictamente definido por una sola ley universal, ya que depende del contexto (legal, biológico o social). Sin embargo, se pueden considerar los siguientes rangos generales: 

  • Biológicamente (Pubertad):La etapa de «niña» suele considerarse hasta el inicio de la pubertad, que en la mayoría de los casos ocurre entre los 8 y 13 años.
  • Legalmente (Minoría de edad): Según organismos internacionales como UNICEF, se es niño o niña desde el nacimiento hasta los 18 años.”

Edición: https://apublica.org/autor/mariamacorreia/

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