GUARAPARÍ – primeras impresiones

Fue a finales de los años 90 cuando visité Guaraparí, una de las ciudades-balneario brasileñas más famosas conocida como ‘Cidade Saúde’ y localizada concretamente en el estado de Espírito Santo. Había leído que la ciudad atraía a turistas por las arenas monacíticas “radiactivas” de su ‘Praia de Areia Preta’, buenas para los que sufrían de reumatismo.

Parece que la situación ha cambiado hoy, casi dos décadas después, pero en aquellos tiempos mi primera impresión fue la de una ciudad un poco sucia y aún así casi totalmente ocupada por turistas en verano.

La playa de arena negra sobre la que había leído estaba casi siempre semi-vacía. Y vi muy poca arena negra. Las playas preferidas y más animadas y concurridas eran ( y son) praia do Morro, praia das Castanheiras y praia dos Namorados.

Curré de camarero las dos últimas semanas del año en el chiringuito principal (había 3) de la Praia dos Namorados (hoy, después de la reforma “Programa de Recuperação Turística de Guarapari” el 2007, restaurante Caranguelua), ayudando a un brasileño pellirojo de origen español que arrendaba el chiringuito esa temporada y quedé asombrado de la barbaridad de mariscos que comían los brasileños.

Aparte de la famosa ‘moqueca capixaba’ servían también langostas que compraban de chavales muy jóvenes que venían al chiringuito con lo que habían ‘capturado’, no sé dónde, aunque imagino que sería en los manguezais (manglares) ubicados a orillas de la albufera a la izquierda del puente de Guarapari (Rodovia Jones dos Santos Neves) caminando del centro en dirección al bairro Muquiçaba. Los manglares son otra de las atracciones de la ciudad-balneario, donde aguas saladas remojan las raíces de los manglares al descubierto los días de marea baja.

Una actitud que me llamó la atención fue que los brasileños presumían de colocar las botellas de cerveza (vacías) que consumían encima de la mesa en la que comían y cuando intenté varias veces retirarlas me lo impidieron. Para ellos era como un símbolo de status de clase, “cuanto más botellas de cerveza sobre la mesa más dinero tengo” o algo así de ridículo.

Me hospedaba en una super-habitación con baño que alquilé del propietario de la Padaria Guaraqueçaba, en la Avda. Ewerson de Abreu Sodré, 27, no muy lejos de las torres que bordean la Playa del Morro. Se encontraba en el patio de la primera planta encima de la panadería y ocurrió algo que hizo que finalmente me mudara. Observé una vez en el baño una línea vertical negra movediza del techo al suelo y que luego continuaba hacia el extremo izquierdo del cuarto de baño donde se encontraba el inodoro. Fui a ver más de cerca y vi que se trataba de millares de hormigas que, como en una autopista de cuatro carriles, se movían en dos carriles hacia arriba y en dos para abajo!. Empecé a deshacerme de ellas con todo tipo de instrumentos y medios y no hubo forma de conseguirlo. Finalmente empeoró la cosa, pues cuando les ‘corté’ su autopista, se esparcieron por todo el suelo y otras paredes de la habitación. Finalmente, como tanto suelo como paredes estaban revestidos de baldosa y azulejos, rocié alcohol de 96 grados toda la habitación y prendí fuego (!!!). Pero ni con esas. A los dos días estaba toda la habitación llena de hormigas otra vez. Así que acabó la cosa, como ya he mencionado antes, conque tuve que mudarme.

Recuerdo también que cuando pasaba -cerca de la panadería- junto al terreno de una casa grandísima abandonada, vi que había montones de mangos caídos de un árbol en el terreno. Nunca había visto un árbol tan ancho. Y nunca había yo probado un mango. Cogí uno y me lo comí como se come una manzana. Y… me quedé todo sucio en la cara y en las manos. Pero eso sí, riquísimo estaba!. 

De vez en cuando hacía salidas a la capital del estado y a Vila Velha, “a cidade mais antiga do Estado”. Vitoria  como ciudad no me gustó mucho. Mucho mejor Vila Velha.

De Vitoria recuerdo que una vez salió la noticia sobre un mendigo al que habían estudiado/espiado a escondidas con cámara de vídeo y prismáticos desde una ventana al otro lado de la calle, durante –creo recordar- un par de meses, desde la hora que llegaba y se sentaba en la acera hasta la hora que recogía sus bártulos y muletas y se iba a su casa.

Los reporteros callejeros habían contabilizado cuánto dinero ganaba (recibía) mensualmente. Y era más del salario medio normal en aquellos años en Brasil!. Pero eso no fue todo. El notición fue que al llegar a su puesto cada día, y percatándose de que nadie lo viese, se sentaba y se remangaba el pantalón en una pierna y en esta hacía no sé qué artimañas que resultaba que en poco tiempo aparentaba la pierna como muy herida. Para que la gente sintiese pena de él y le diesen limosna.

No recuerdo el periódico en el que leí la noticia. Pero no se me ha olvidado aún la impresión que me hizo el leer y ver en la tele sobre cómo el falso mendigo se había ‘mofado’ de los capixabas!.

Resumiendo y volviendo al titular, la impresión general que me llevé de Guaraparí fue que -comparándola con otros sitios* costeros del país- no llega a su altura. No sé cómo se sentiría el visitar la ciudad ahora, después de la ‘modernización’.



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