OBERÁ: los suecos, la tierra roja y mi primera impresión

Oberá, “la que brilla”, en lengua guaraní

Fue a principios de los años 90 que viajamos a Río de Janeiro con un billete ‘Air-Pass’a de 6 paradas (Porto Seguro, Salvador, Maceió, Manaus, Curitiba y Foz de Iguazú) y aprovechamos la cercanía para hacer escapadas a Ciudad del Este en Paraguay (‘tan solo 4 kilómetros desde el centro de Foz hasta el Puente de la Amistad’) y después a Oberá (268 km), Argentina, ciudad que fundaron los inmigrantes suecos hace ahora más de un siglo.

Millares de suecos (leo en uno de los enlaces abajo la cifra de 10.000) abandonaron su país hace unos 120 años, en busca de una vida mejor en Brasil (Rio Grande do Sul). No les fue tan bien a los inmigrantes en la tierra natal del fútbol, la samba y el carnaval; muchos murieron, algunos regresaron, pero otros continuaron más al sur, a la región de la selva en la provincia de Misiones en Argentina (1913) y se ubicaron junto a Yerbal Viejo y lo bautizaron con el nombre de ‘Villa Svea’,  que más tarde se llamaría Oberá (1928), construida en su entorno, donde hoy viven más de 5.000 descendientes suecos de los que apenas 100 hablan hoy sueco.  El asentamiento original, Villa Svea, existe aún y allí se encuentra un cementerio sueco. De los cerca de 65.000 habitantes de Oberá, unos 2.000 son de ascendencia sueca, pero sólo unos pocos de la segunda generación de suecos hablan sueco.

Además de inmigrantes suecos está formado el crisol de razas de su población por alemanes, árabes, argentinos, brasileños, españoles, franceses, Italianos, japoneses, nórdicos, paraguayos, polacos, portugueses, checos, rusos, suizos, ucranianos y comunidad guaraní.

Mi primera impresión fue la imponente tierra roja y lo que más me dolió y menos me gustó de Oberá fue la mordida de un mosquito gigante a media noche – nunca había visto un mosquito tan grande en mi vida. Lo acribillé de un tortazo en la pared de madera de la barata pensión donde nos hospedamos y quedé sorprendido del diámetro de la mancha de sangre en la tabla de la pared de casi un centímetro!.

También recuerdo que asistimos en un local a un espectáculo de tango, no recuerdo el nombre, quizás fue en la Casa de la Cultura?. Hoy sí me arrepiento de no haber documentado la visita a Oberá con fotos y anotaciones de lo que hicimos. La cosa es que el cantante de tango fue algo increíble, mejor que el mismísimo Gardel!. Qué impresión nos hizo, era un tío muy alto y qué voz tenía!!!. También vimos algo de la Fiesta Nacional del Inmigrante.

La estancia en Oberá fue interesante por el exotismo del lugar, pero ‘no más’. No una ciudad a la que le gustaría a uno ‘mudarse para disfrutar de la vejez’. En nada de acuerdo pues con  el dicho “todo aquel que se ha manchado con tierra colorada ya no la abandona”. Dormir todos los días del año con mosquitera es algo que uno no añora precisamente…

MISIONES Y LOS MOSQUITOS











Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*