Por eso se verá Madrid finalmente obligada a negociar

catalunaHoy se celebran las elecciones en Cataluña. Hay muchos indicios de que da a España un nuevo aspecto y que la agotada Europa obtiene una crisis más sobre el cuello, escribe de el periodista y escritor sueco, corresponsal de Dagens Nyheter Nathan Shachar.

El matrimonio de Fernando de Aragón e Isabel I de Castilla en el otoño de 1469 cambió el mundo: La pareja decretó la expulsión de España de judíos y moros (musulmanes) y comenzó la conquista de América. Durante casi 200 años después fue España una superpotencia invencible.

Pero algunos españoles en sentido estricto no los había. “España” era un acto de equilibrio entre varios pueblos muy diferentes, sobre todo los febriles visionarios de Castilla y las sobrias personas verídicas de Cataluña. Los castellanos crearon bajo los Habsburgo un imperio global, mientras que los catalanes temprano tomaron los primeros pasos hacia algo completamente diferente. El gran explorador de Cataluña Pierre Vidal escribió: “Los catalanes son poderosos en su… claridad. Todos los [conceptos de nación] componentes están en su lugar a finales del siglo XIII: idioma, territorio, economía, una cierta mentalidad, una comunidad cultural”.

Los castellanos – los que ahora llamamos españoles – han cambiado el mundo, mientras que los catalanes se cambiaron principalmente a sí mismos. En nuestro tiempo, cuando la mayoría de las capitales occidentales importaban el modernismo en poesía y arte, creó Barcelona su del todo propio modernismo.

¿Cómo diablos pueden dos pueblos que durante siglos han estado tan profundamente implicados volverse tan diferentes? Escania (Skåne) se convirtió en sueca en un par de generaciones, y España ‘españolizó’ América en un instante. Pero los catalanes no son más castellanos hoy de lo que eran en 1469, cuando el 17 añero Fernando de Aragón ‘casó’ su imperio mediterráneo catalán con la meseta catellana de la 18 añera Isabel de Castilla.

Una escena hace unos años, en una boda en la ciudad catalana de Girona: un empleado de banco dejó barrer su mirada sobre la sala del banquete, y dijo:

– Aquí hay más de 10 personas con más de 1 millón de euros en su cuenta bancaria privada. Nadie más que yo sabe quiénes son.

Que personas ricas en un pequeño pueblo fuesen desconocidas para su entorno inmediato sería impensable en el resto de España. Sería impensable en el mundo árabe, en América Latina, en Rusia, en China, en África y en Estados Unidos. Pero Cataluña es un lugar en sí mismo, en algunos aspectos más parecida a la trabajadora y modesta Småland que sus extrovertidos vecinos del Mediterráneo.

Si los catalanes – su imperio comercial se extendía a Cerdeña, Sicilia y Grecia – son los últimos fenicios, se convirtieron los castellanos en los romanos de su tiempo. Desde su pequeño rincón en las montañas extendían inexorablemente su dominio, e implantaron su idioma, su fe y sus instituciones allá donde llegaban, primero en la península, luego más allá de los mares. En 1580, después de que Portugal fuese anectada, era el mayor país de la historia, más grande que la Unión Soviética.

En América aplastaron unos pocos cientos de soldados españoles a los grandes imperios de los aztecas y de los incas. Lo hicieron con engaño, desprecio a la muerte, y sin una sombra de duda sobre sus derechos exclusivos sobre la tierra y las personas de las que se apoderaron. Cuando iban a contestar a la eterna pregunta del colonialismo: “¿Quién va a trabajar?”, pues fue la respuesta: “Nosotros no!”. No hay ningún Karl-Oskar y ninguna Kristina en la crónica española de América. México y Perú eran gobiernos centrales autoritarios, así como España. Los conquistadores cortaron la cima de la pirámide y se ubicaron a sí mismos encima del todo.

Pero la gente ibérica que los castellanos amontonaron durante su expansión fue dejada por lo general en paz con su cultura y sus antiguos privilegios.

cataluna.jpg3No fue hasta que con el nacionalismo, y el dogma de que un Estado sólo puede albergar a una nación, que la españolidad de las naciones periféricas se convirtió en un tema polémico. Es el concepto monógamo de identidad del nacionalismo el que actualmente empuja a los separatistas catalanes hacia la salida – y que hace imposible para los nacionalistas españoles a ni siquiera razonar sobre una solución amistosa.

Podemos decir que no nos gusta eso. Que ningún poder central vaya a venir y decidir sobre las personas que no quieren estar con ellos. Pero así hicieron Gustav Vasa y Karl XI, y así surgió Suecia, cuya legitimidad la damos por sentado. Castilla hizo lo mismo cuando creó España. No se necesita ser reaccionario para aceptar este tipo de proyectos. El historiador “progresista” más célebre de hoy, Ferdinand Braudel, vio la unidad española como una parada necesaria en el camino hacia la Europa moderna. Se necesitaron la intolerancia y la inquisición, argumentó, para superar la segmentada sociedad de contratos de la Edad Media, en el que cada secta, gremio, posición, minoría, príncipe, ciudad y monasterio tenía propios derechos y propios tratados fiscales. Se necesitaron duros pellizcos monárquicos para hacer limpieza en un tal desastre institucional

Cuando los catalanes perdieron su autonomía en 1714, para luego ser controlados directamente desde Madrid, el imperio mundial español ya había pasado su pico. Después de la Batalla de Ayacucho en 1825, cuando se perdió América del Sur, y las catástrofes en Cuba y Filipinas en 1898, desapareció la paciencia de Madrid con los nacionalismos crecientes dentro de sus fronteras. Todas las charlas sobre autonomía se estamparon como delito de traición al Estado.

Después de la Guerra Civil de 1936-39, cuando Cataluña se rigió en gran medida por sí misma, se convirtió la venganza de los vencedores más sangrienta allí que en ninguna otra parte. Cataluñaa sería tratada como Sodoma y Gomorra de la Biblia, se dijo, y miles fueron asesinados simplemente porque hablaban catalán. Según muchos catalanes quemó Madrid los puentes de un futuro común ya entonces. Como el historiador Jaume Pinyol dice al periódico Dagens Nyheter: “España es un producto de espada que no me compromete a nada”.

La nueva constitución democrática en 1978 resultó en un número terminológico acrobático. ¿Cómo se iba a llamar a Cataluña, Galicia y el País Vasco? Se negaron a llamarse regiones, y Madrid se negó a llamarlas naciones. Al final se acordó llamarlas nacionalidades históricas, un término hasta entonces desconocido cuyo significado exacto sigue siendo una cuestión de interpretación.

El jefe del gobierno catalán Artur Mas, que hace tres años puso en marcha la campaña que hoy llega a su clímax, habla todo el tiempo educadamente y suevemente a Madrid. Permitid que nos separemos, pide él, como Suecia y Noruega en 1905 como amigos. Pero él sabe muy bien que la analogía dispara a un lado del punto central del blanco de tiro. La simetría que existía en ese momento se echa en falta aquí. Suecia no era Noruega, y Noruega no era Suecia, ninguna parte derramó algunas lágrimas en la despedida. Pero sin Cataluña pierde un nacionalista español lo más querido que tiene. Él es como un nacionalista sueco en 1809. Finlandia no era otro país, era Suecia, y aún cien años más tarde lamentaban nacionalistas suecos la cruel amputación.
Cataluña, para un nacionalista español, es una parte de España, pero no al revés. Un nacionalista catalán no solo puede prescindir de España, quiere deshacerse de España. Barcelona ​​presta su argumentación del pensador
Ernest Renan, que vio la vida en un país como un plebiscito repetida diariamente. Sin la la mayoría del día a día se disuelve el contrato y el Estado se raja.

Madrid puede contestar con otro gran pensador, el iraquí Elie Kedourie, que ningún estado puede ser colgado en un hilo tan frágil. La España democrática descansa en su documento base, la Constitución de 1978 que los catalanes firmaron, y no en los sentimientos de hoy.

El autor de estas líneas espera  que España se mantenga unida. Pero no se puede negar el derecho de los catalanes a elegir – así como nadie negó a los escoceses el derecho a elegir. Con buena voluntad y sentido de la realidad, habría Madrid podido ser capaz de evitar la colisión y tomar el viento de la vela de los separatistas.

Es notable cómo los creadores de opinión españoles y políticos durante la crisis no tengan nada alentador que decir sobre España, sobre todo lo bueno y hermoso – y no es poco – que existe allí. El politólogo Juan José Linz señaló hace varios años que hay algo raro con esa pelea en el flujo de nuevos libros e investigación sobre nacionalismo catalán, gallego y vasco – al mismo tiempo que nada se escribe sobre el nacionalismo español. Como si el único significado de la vida fuese el mantener unidas a todas las demás regiones, sin reflexionar sobre su propio carácter distintivo.

El otro día sugirió el ministro de asuntos exteriores Margallo que quizá aún así se debería hablar con los catalanes, y tratar de conseguir un diálogo en el último momento. Fue reprimido públicamente por el primer ministro Rajoy, como si hubiese jurado en la iglesia. La línea oficial se mantiene sin cambios: Se pinta una visión de horror, de los sufrimientos que le esperan a los catalanes fuera de la UE, fuera de la OTAN, fuera del FMI, sin bancos, con aranceles en todas las direcciones, sin turistas, sin ninguna liga de fútbol…

Sí, así puede quizás ir, pero habría entonces que añadir: Solo si España demanda eso, y elige venganza antes de negociaciones. Es como si, entre las parejas que cohabitan, uno de los socios dijese: “Si me dejas yo te aplasto!”

banderas33

Y apenas irá tan lejos. Madrid no puede, como el dictador Franco, enviar tanques de guerra a Barcelona, ​​y eso igual de vulnerable en una guerra comercial como la contraparte. Madrid será finalmente obligada a negociar, por parte de sus propios votantes, de sus empresarios, de la UE, de la OTAN y de la autoconservación política. [Fuente: Därför kommer Madrid till slut att tvingas förhandla]

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*