Todos quieren ir a Birmania

Todos quieren un pedazo de Birmania. Desde que el país se abrió ha evolucionado a velocidad de cohete. La mancha blanca más caliente de Asia, que ofrece tanto naturaleza virgen como recursos naturales intactos, ha comenzado a llenarse de capitalistas y turistas.
Hace apenas seis meses no había ni Coca-Cola ni postes de publicidad/carteleras aquí y los únicos teléfonos que se vendían eran baratos modelos chatarra chinos, dice
el bloggero Dustin Main, sobre un ‘desayuno de fideos’ en el centro de Rangún.
– No había ningunos coches de lujo en las calles. Pero ahora puedes comprar HTC y Samsung en todas partes y ayer vi un Jaguar, continúa él, recién llegado de una estancia de cinco meses en la montaña en el estado de Shin (querrá decir
Chin).

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En torno a nosotros se está despertando la antigua capital, con su encanto colonial, alta humedad y madrugadores lugareños que sorben té en pequeños taburetes de plástico en la acera. La mayoría llevan el clásico lungui, sarong birmano, y las mujeres se han pintado las mejillas amarillas. Primero sospecho que celebran alguna fiesta, pero se muestra ser una costumbre cotidiana que protege contra el sol y blanquea la piel. Al igual que en otras partes de Asia se considera la piel blanca ser algo deseable.

Birmania está cambiando desde que EE.UU. y la UE en 2012 aliviaron las sanciones contra el país. Ahora se amontonan en rebaño vendedores en los semáforos y venden compendios copiados en casa sobre inversiones extranjeras directas. Y durante la visita de la revista de viajes sueca Vagabond al país, vienen tanto Frederick Reindfeldt como Barack Obama aquí con grandes delegaciones para forjar lazos más estrechos.

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Como una parte del proceso de democratización ha sido puesta en libertad la dirigente de la oposición Aung San Suu Kyi de su arresto domiciliario y figura ahora en muchas paredes de los restaurantes locales. Anteriormente era impensable. En abril de 2012, su partido, Liga Nacional para la Democracia se hizo con casi todos los escaños en una elección parcial al Parlamento y la gente parece aliviada sobre el iniciado remodelamiento del país.
Rangún es una ciudad verde con el caos asiático habitual pero con mejor aire que las megaciudades de los países vecinos. El comercio callejero está en pleno apogeo con hombres que venden
‘bolsos Ang San Suu Kyi’, calzoncillos de marcas pirateadas y excitante comida callejera. Aquí hay de todo desde mazorcas de maíz a variantes locales de crepes – con relleno de garbanzos. Extra-buenas son las muchas ensaladas con especias asiáticas y cacahuetes triturados. O los fideos, que se mezclan fríos con especias y verduras.
Lo más destacado de la ciudad es un viaje a la pagoda
Shwedagon, un templo dorado de 99 metros de altura y el lugar más sagrado de Birmania (Myanmar). Se pide a todos los visitantes que se quiten los zapatos antes de tomar el ascensor hasta el complejo del templo. Aquí sacrifican budistas regalos y vierten agua sobre las muchas pequeñas estatuas que rodean el templo.
El sonido de un ‘gonggong’ llena el aire. La paz se propaga. Siente uno el deseo de aterrizar aquí, calmarse, hundirse en uno mismo. Y también se puede hacer. Muchas personas pasean por los pisos de madera en los muchos templos en el complejo de Shwedagon y hablan o preparan un picnic familiar. Otros están sentados y rezan.
Después de la meditación mañanera es el momento de largarse hacia el sur. La estación de autobuses se encuentra a una hora de distancia en taxi. Pregunto a mi alrededor para encontrar el vehículo adecuado.
Golden Rock? (Pagoda
Kyaiktiyo) (La Roca Dorada)
Dos birmanos ansiosos me gesticulan y llevan a un viejo autobús sin aire acondicionado empapelado con carteles de Buda en el parabrisas y collares de oración colgados del espejo retrovisor. Voy a parar junto a una regordeta joven japonesa que habla tres palabras en inglés. No pasan muchos metros antes de que el televisor se enciende con una película birmana superdramatizada a dolorosamente alto volumen – tapones para los oídos o auriculares robustos deben ser parte del equipo de supervivencia de todo viajero en Birmania. El conductor toca la bocina a cada vaca a lo largo de la carretera, por suerte con un sonido afable, casi parecido al de un buque de vapor, no muy diferente al irritante, equivalente sonido de India.

Saco el libro Los días de Birmania, la segunda novela de George Orwell, de 1934, y empiezo a entrar en la rutina.
Birmania respira trópico. Viajamos a través de un paisaje verde y pasamos pequeños camiones sobrecargados con sacos de arroz blanco y casas en ruinas con techo de chapa oxidada. Una y otra estupa dorada perforan el horizonte. Imagínate una Escania (Skåne) tropical donde el campanario se ha convertido al budismo. La ropa se pega al cuerpo.
Los hombres en el lleno camión delante comparten una comida entre ellos. Afuera en el campo se ven cada vez más
rickshaws (bicitaxis) con el asiento de pasajeros en un flanco.
La variación del paisaje mantiene la curiosidad en vivo. Los prados se transforman pronto a vegetación más tropical. Nos detenemos en una pequeña ciudad en el carretera, compro una cerveza helada y consigo un asiento delantero doble para mí mismo después de que la mitad de los pasajeros han bajado. El joven adolescente que se encarga de la venta de billetes desgarra la carcasa de plástico de una botella de agua, la lanza descuidadamente a un lado – así se hace en Birmania – y levanta la mano en señal de brindis. La vida es bien buena de todos modos.  

Kinpun - Photo by Ludo Kuipers

Cuando el autobús finalmente llega a Kinpun, la ciudad que está cerca del sagrado lugar budista Golden Rock, se convierte en ‘asalto’ a los turistas. Soy ‘adoptado’ por Coco al Pann Myo Thu Inn, que me obliga a una habitación básica de 7 dólares, desayuno incluído. No es mucho más que un ‘box’ de 5 metros cuadrados de plywood, pero por otra parte uno sólo va a dormir allí pienso yo, y saco la sábana de dormir con rutina y el saco de dormir para tenerlo como almohada.
Kinpun es un lindo pequeño pueblo en el estado de
Mon al noreste de Rangún, donde las calles están flanqueadas por idénticas tiendas al aire libre que venden bambú recubierto de plástico, dulces frutas secas, artesanías y ropas. Pruebo un sombrero de sol y me decido a comprar un par de peines de madera que cuestan el equivalente a tres coronas suecas cada uno. Se nota que la industria del turismo está en su infancia, los jóvenes vendedoras se ríen mucho al ver un occidental y gritan ‘I love you’.
A pesar de ser alta temporada no veo muchos otros turistas. Más al norte, la situación es diferente, cuentan compañeros de viaje.
– Difícilmente se puede conseguir alojamiento en los principales imanes turísticos como
Bagan. Los viajeros en grupos vienen en muchedumbres y han reservado todo de antemano, dice un backpacker/mochilero alemán decepcionado, ingeniero en su vida cotidiana en Dresden.
A la mañana siguiente me levanto de madrugada para coger el primer camión arriba a la montaña. Hay un tremendo ajetreo en el garage de autobuses, muchos camiones con lugareños tienen tiempo de abandonar el lugar antes de que nuestro camión especial con densos bancos/asientos, acolchados, finalmente se llena. Un par de compañeros de viaje malasios que trabajan como conductores de autobuses escolares me hacen compañía. El viaje de media hora de duración es maravilloso, carretera serpenteante, selva y hermosas vistas.
– Mingalabaa ! Water? Coca- Cola?
El gallo cacarea y los ‘restaurantes de fideos’ recubren la carretera hasta la cima de la montaña donde un pequeño templo está construido sobre una piedra dorada que temerariamente está emplazada al borde de un acantilado. Según la leyenda balancea la piedra sobre uno de los pelos de Buda. Golden Rock, o la pagoda de
Kyaiktiyo como el sitio es también llamado, se cuenta como el tercer lugar de peregrinación más sagrado de Birmania.
Una niña de siete años camina hacia arriba de la montaña llevando un balancín con agua. Flipp -flopp flipp -flopp, suena cuando ella camina. Después de ella sigue una caravana de turistas asiáticos que son llevados a hombros en sillas-cama por chicos jóvenes con camisas azules.



El paseo dura aproximadamente una hora y una vez arriba estoy sobre una ‘cornisa’ que se ha construido alrededor del monumento para que sea fácil de alcanzar. Budistas sacrifican frutas y alimentos a lo largo de la barandilla y caminan hasta la piedra y rezan – y tintinean sobre campanillas que están firmemente atadas alrededor de la barandilla. Yo por mi parte me acuesto y descanso, con bonitas vistas de largo alcance. Cansado en el cuerpo y meditativo en el alma. Es agradable estar sentado aquí y relajarse, aunque las hordas de turistas hacen que sea difícil conseguir ponerse en un ‘estado elevado’.
Una vez de vuelta de la montaña ha salido ya el último autobús a
Hpa-An – la capital del estado de Mon y mi siguiente parada – así que subo a una camioneta y pago un poco más para evitar tener que sentarme en el duro tablón de madera. El conductor tiene gruesos, venosos antebrazos y los más grandes dedos gordos que he visto nunca jamás. Sonríe a sus anchas e inserta una hoja de paan en la boca. Y seguimos.

Es verde de selva y montañoso y los locales venden montones de sandías a lo largo de la carretera. La camisa aletea en los hombres que están sentados con las piernas cruzadas sobre el techo de madera de construcción casera de la caja del camión. Las casas son de bambú trenzado o de madera con techos de chapa roñosa. La mayoría tienen zancos como protección contra los monzones y las plagas – además, hacen los zancos que las casas sean frescas para vivir.
Pasamos una pequeña iglesia de madera destartalada y un camión con el techo completamente cargado de monjes con túnicas de color burdeos.
El paisaje alrededor de
Hpa-An es obstinado con montes aislados que surgen como solitarios en un paisaje de otra manera plano de campos verdes de arroz. Es terriblemente hermoso.
Al día siguiente nos subimos a una camioneta llena hasta el borde de berzas, pepinos y viejas abuelas y vamos a la aldea Aendu, donde convencemos a propietarios de ciclomotores a llevarnos a la
cueva de Saddar, una de las muchas cuevas de estalactitas en la zona. Conducimos zig-zag en un carretera roja de barro llena de baches entre arrozales de ‘exuberante photoshop’ y montañas.

La cueva tiene una entrada impresionante con techo de templo y dos elefantes de piedra blancos que vigilan. Debemos quitarnos los zapatos y luego comienza la aventura.
Toda la cueva, seguramente de 50 metros de ancho, está llena de estatuas doradas de Buda en varios tamaños y formas. Dripp-dropp, dripp-dropp. Las estalactitas se hacen recordar y un monje canta un mantra monótona en el monasterio adyacente. Huele a tierra y adentro del todo se encuentra una estatua de Buda de 25 metros de largo en un podio adornado. Una hilera con velas encendidas arde lentamente y un monje está sentado quieto en meditación. Por lo demás estamos solos.
La cueva continúa hacia la izquierda y vamos con cautela sobre pies resbaladizos a través del dripp-dropp-dripp y por lo demás silencio total y oscuridad, abajo por escaleras empinadas y pendiente fangosa. Así que oímos un sonido, que recuerda a mil tenues silbatos que aumentan gradualmente su fuerza. Resulta que proviene de los murciélagos que cuelgan del techo y hablan entre ellos. Después de media hora de caminar penosamente se abre la cueva y salimos por el otro lado de la montaña. Se siente como haber aterrizado en el paraíso: aquí tallan madera los lugareños en el más pintoresco de los lagos y ofrecen un recorrido en sus canoas de fabricación casera. Me acuesto en el casco y cierro los ojos. Disfruto de las tomas rítmicas de los remos. Es como si el tiempo se hubiese detenido. Todo lo que se oye es el canto de los pájaros y algunos gansos en la distancia.
Nos quedamos durante varias horas, disfrutamos nadando y con conversaciones con los otros turistas que llegan. Cuando llega el momento de volver a casa alquilamos un par de motos en el pueblo.
El camino sagrado pasa por un devotamente hermoso paisaje con montañas tropicales a ambos lados. Monjes adolescentes saludan de un monasterio y pasamos estupefactos un prado lleno de cientos de estatuas de Buda.
El caliente viento de la marcha acaricia el estómago y me siento súbitamente como uno con el universo. Feliz simple y llanamente. [“Alla vill till Burma”/revista de viajes Vagabond/november 2013]

DESTINOS CLÁSICOS DE BIRMANIA

  1. Bagan. Ciudad de templos en el centro de Birmania, comúnmente conocida como la Angkor Wat de Birmania. Dedica un par de días a descubrir estas fabulosas, milenarias estepas budistas en bicicleta o en barco a lo largo del río Irrawaddy.
  2. Lago Inle. Hermoso lago a 900 metros sobre el nivel del mar en el estado Shan, a donde los ’señores coloniales’ británicos ‘buscaban refugio’ durante la ola de calor del verano. Disfruta de los mercados flotantes, campos de tomates, templos y pueblos tradicionales.
  3. Mercado de Bogyoke Aung San. Se puede fácilmente pasar medio día en este mercado, con más de 2.000 puestos ubicado en Aung San Road, en Rangún. Prueba especialidades locales, regatea los precios de los ‘souvenirs’ con los vendedores.
Piérdetelo!
  • Cambiadores de moneda (en negro). No se necesita caminar muchos metros en las calles de Rangún antes de reunirse con cambiadores de moneda en negro que ofrecen un 5 por ciento mejor precio que el banco, pero serás aún así garantizadamente soplado. Así que vete al banco. Punto.
No te lo pierdas!
  • Birmania carece de los cajeros automáticos. Aquí el dinero en efectivo es el ‘king’. Tradicionalmente ha sido lo más seguro llevar billetes de dólar para cambiar a moneda local, pero éstos deben ser totalmente desdoblados y no tener marcas o garabatos sobre ellos.

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