¿Vida de perro?

gorra de perro - tokyoHONG KONG. Entre las cosas más odiosas que tienen las sociedades prósperas y desarrolladas es el desmesurado cariño que le tiene la gente a sus mascotas. Aclaro que soy dueña de perro, así que no se me puede acusar de no haber experimentado el amor por los animales, pero la atención y, sobre todo los recursos que se destinan a atender a los animales domésticos en el primer mundo, son tan desproporcionados, que francamente hacen que uno pierda la fe en la humanidad.

Yo soy una experta en vestuario para perros. Durante los cuatro años que viví en Tokio me paraba a esperar a que mis hijas volvieran en el bus del colegio, al frente de un almacén de ropa y accesorios para mascotas. La vitrina era primorosa: había lindos modelitos marineros para la primavera, delgados chalecos de algodón en tonos pasteles para el verano y chaquetas forradas con piel de oveja para defenderse del frío del invierno.

La colección de objetos caros e inoficiosos que vendían en el lugar era inagotable y tan asombrosa, que con el tiempo empecé a llegar 10 o 15 minutos antes de la hora al paradero, sólo para ver qué otras ideas obscenas se les habían ocurrido a los diseñadores.

La bilis se me ha seguido alborotando en Hong Kong, en donde debe haber la concentración de perros por metro cuadrado más alta del mundo. En mi edificio, para no ir más lejos, vive un solterón que tiene dos empleadas domésticas hacinadas en una pieza de cinco metros, de manera que sus dos perros, un mastín y un bulldog, pueden dormir cada uno en una habitación.

Hay partes de Corea, China y Vietnam en donde los perros y los gatos todavía hacen parte del menú, pero ese es otro tema. En Hong Kong, los perros son ciudadanos de primera categoría, mejor tratados por la sociedad que los indigentes y los refugiados, que viven en condiciones deplorables.

Para un reportaje hace algunos meses, visité unos edificios decrépitos en donde hay desempleados, inmigrantes venidos de China continental y ancianos sin familia, durmiendo en cuartos que parecen jaulas, más aptos para animales que para seres humanos.

Hong Kong Pet ShowEn contraste, muchos afortunados caninos de esta ciudad usan accesorios de marca, van a spas, tienen sesiones de acupuntura y sólo se alimentan de comida orgánica. Hasta en la muerte las mascotas son tratadas como nobleza, cremadas como si fueran personas y despedidas con lágrimas en emotivas ceremonias oficiadas por sacerdotes budistas o cristianos.

El otro día entré a un sitio web mantenido por una funeraria para animales, en donde los dueños que han perdido mascotas escriben mensajes de recordación y comparten fotografías con otros “dolientes”. Una señora hablaba de su escarabajo, al que extrañaba tanto que soñaba con encontrárselo en el cielo. Conmovedor.

La cosa es mucho peor en Japón, en donde estadísticamente hay más perros y gatos que niños menores de 15 años. […]

¿No podría todo ese dinero derrochado aliviar el sufrimiento de seres humanos en otras partes del mundo? Creo que los que malcrían a sus mascotas ni siquiera se lo plantean. Los animales, que deberían ser una fuente de cariño y compañía, se han convertido en las partes más afluentes de Asia en un símbolo de estatus, una simple extensión de sus dueños, ellos mismos autoindulgentes, mimados y desconectados por completo de la realidad en que vive el resto del planeta.

Gandhi decía que el progreso moral de una nación podía ser juzgado por la forma como trata a sus animales. Obviamente, el líder indio hablaba de maltrato, pero creo que la misma reflexión es válida para los que tratan a sus mascotas mejor que a sus congéneres. [ADRIANA LA ROTTA/eltiempo.com/archivo/documento/MAM-3695346]

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