CUBA – Entre bandidos y ballerinas en La Habana (1)

En El Vedado en La Habana realizaban turbios negocios mafiosos estadounidenses mientras que Frank Sinatra actuaba desde el escenario. Hoy en día es el barrio una vieja dama descolorida que vive del glamour y el brillo de antaño.

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El Vedado está despertando. En la esquina de la calle están dos carritos ambulantes de café donde cuatro hombres ataviados con capuchas de papel blancas sacan fuera/sirven bocadillos, pasteles y el refresco nacional Tu Kola a transeúntes hambrientos. Su colega corta un cerdo entero recién asado que acababa de sacarse del fuego. Los dulces olores de grasa frita se mezclan con el aire espeso y aceitoso de los vapores diesel.

Pronto serán las ocho de la mañana cuando salto entre agujeros y grietas sobre losas de piedra de un metro de tamaño. Un chaval de unos veinte años pasa pedaleando en su bicicleta. La parte superior del cuerpo ligeramente inclinada hacia delante. En la mano tiene una sola, rosa roja oscura. Una señora en tacones altos se me cuela con la mirada puesta en un vendedor con tantos ajos alrededor del cuello que cualquier cazador de vampiros bien equipado se habría puesto de envidia. Me acuerdo de lo que oí el día anterior: Que El Vedado, la zona residencial (‘zona de villas’) que tiene sus raíces en la época colonial, es como una vieja dama con un poco de maquillaje en exceso. Envejecida, pero con un fuerte deseo de ser vista como atractiva.

A pesar de que no hace más de cinco minutos desde que dejé mi ‘casa particular’, el equivalente cubano de Bed & Breakfast, las altas temperaturas del verano ya han puesto mi camiseta tipo piqué lacoste empapada de sudor. El sol acaba de pasar por encima de los tejados de los edificios y los rayos son lanzados como flechas del follaje colgante de los árboles de higos para disolverse en una neblina de color amarillo oscuro en los vapores de calor que se elevan desde el asfalto.

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Durante la década de 1940 – y 50 era el barrio lugar de juego para mafiosos y estrellas de cine estadounidenses. En el límite al centro de La Habana, paseo marítimo donde las olas del Golfo de México golpean contra el hormigón reforzado con acero, sobresale desde 1930 el Hotel Nacional de Cuba en su colina. El hotel albergaba durante los días de glamour un casino de clase mundial y dados y fichas eran desplazados alrededor de la ahumada mesa revestida de tela.

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En las grandes y elevadas terrazas han tomado entre otros Marlon Brando, Errol Flynn y Ernest Hemingway recién ‘machacadosmojitos mientras el sol se hundía en el Malecón, el paseo marítimo, que entonces como ahora es el lugar de entretenimiento nocturno favorito para parejas de amor y vecinos menos prósperos .

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Si alguno de ellos estuvo allí en diciembre de 1946 no está claro. Entonces había invitado el deportado de EE.UU. Lucky Luciano, el padre mafia moderna, a las cinco familias mafiosas italoestadounidenses en New York a una reunión para rapartir las zonas y planificar el futuro. Como si eso no fuese suficiente como escena final en cualquier cinta de mafia eligieron celebrar la reunión mientras que Frank Sinatra entretenía en el escenario.

La posición de El Vedado como guarida para los bandidos y héroes de EE.UU. llegó a un abrupto final cuando Fidel Castro con seguidores llegaron y rápidamente tiraron todo y a todos los que tenían que ver con Estados Unidos desde su apartamento en el Hotel Habana Libre*, que entonces se llamaba Habana Hilton.

En la calle Calzado 508, al otro lado de una puerta negra de metal alta rematada con afiladas lanzas, mira Frank arriba del espacio del motor de un coche yanqui, malamente pintado a brocha en color marrón óxido. Él aparenta a un miembro de pandilla española en una película de Hollywood aunque en bermudas. El coche está insertado sobre losas de piedra de color gris claro que cubren todo el pequeño patio en frente de la casa, alrededor se hacinan plantas en tiestos, bancos de parque y una motocicleta. Las hojas de los tallos de bambú que crecen en un huerto redondo en el centro arrojan fuertes sombras en la lona provisional que está atada como techo sobre su yank tank/coche americano. Allí donde una vez estuvieron los faros del coche bostezan dos agujeros de ojos y en la chapa encima del agujero izquierdo alguien ha raspado la pintura hasta el metal desnudo. Como en una excavación arqueológica, se pueden entrever una decena de capas de pintura que el coche ha tenido durante sus cincuenta años de vida. [traducido de la revista Vagabond, edición impresa/ #2.2013/”BLAND BANDITER OCH BALLERINOR I HAVANNA”]

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