Somos (en) lo que viajamos

Karin hace un viaje de ‘clases’ con autobús

TARDA UN BUEN RATO antes de que ni siquiera empiece a reflexionar sobre ello. Es una cálida y agradable tarde y está lleno de gente afuera en las calles, pero las únicas blancas que van a pie somos nosotras. Dos pálidas suecas. En Durban, Sudáfrica, simplemente no se toman paseos de esa manera – si no se es negro/a, indio/a o posiblemente chino/a.

Durban

Las caras pálidas se quedan en la playa (pero no en esa zona desordenada donde hay un montón de gente y ajetreo) o en el bien ordenado centro comercial con limpio parque adjunto. Y si se va una a trasladar más lejos es por supuesto coche propio lo que se aplica. Cualquier otra cosa sería peligroso, vergonzoso, impensable.

PERO IR EN AUTOBÚS, minibús o hasta en tren, es lejos de lo normal para quien pertenece a la clase media blanca en países donde el medio de transporte señaliza clase, estatus, y – sí, raza. Y claro que oímos que hay que tener cuidado. Claro que oímos que es peligroso en la estación de minibuses en Johannesburg, y claro que escuchamos. Pero todas las advertencias y admoniciones no alcanzan realmente hasta el fondo de nuestra conciencia, y si hay algo de lo que estoy francamente contenta es precisamente de eso.

Porque claro que parece limitado andar a vueltas por ahí y tener miedo todo el tiempo. El sentir los invisibles límites entre nosotros y ellos. Experimentar que el viajar en autobús en sí sería un estigma.

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Basta con mirar a EE.UU., que muchos de nosotros/as cada vez más hemos empezado a ver como un vecino cultural. Que el coche tiene un papel central en la vida de los estadounidenses no es ninguna noticia, pero la importancia de este como marcador de clases había por lo menos yo subestimado un poco.

El que va/viaja en autobús en una ciudad como Los Angeles señala que anda mal de pasta, escucho. ¿Y quién quiere hacer publicidad con eso, en una sociedad donde el estatus significa todo?

Pero el transporte público en Estados Unidos se considera que no sólo atrae a los pobres, sino aparentemente también a delincuentes graves, desegún un artículo publicado en el periódico Los Angeles Times hace un par de años. Cuando una nueva ruta/línea de autobús iba a pasar a través de un barrio blanco en Tempe, Arizona, se escucharon fuertes quejas de que el autobús iría a traer consigo asesinos en serie y violadores de niños a sus elegantes barrios. Temían también que “vagabundos, borrachos y mexicanos” pronto estarían en los jardines de sus villas y beberían de sus mangueras de agua. Estaban simplemente aterrorizados de los pasajeros de autobuses.

YO NO PUEDO AFIRMAR que soy completamente libre de prejuicios. Tampoco es que todas las advertencias sean vacías. Pero lo bueno de ser turista en esas situaciones es que a) no se tiene ni idea de lo que otros piensan sobre pasajeros de autobuses, o b) no nos importa un bledo. De esta forma, obtenemos acceso a un otro mundo, un otro viaje, que el de los que han sido educados estrictamente a apegarse a “su clase”.

Así que cuando viajamos a través de Lesoto, el pequeño estado justo situado en el interior desde Durban, tomamos naturalmente los minibuses. Potencialmente letales vehículos de chapa destartalados que ‘sacuden adelante’ por carreteras llenas de baches – si se quiere ver de esa manera.

Un encuentro con gente y una visión en la vida diaria que nunca obtendríamos en coche propio. Si preferiblemente se quiere ver de esa manera. [Traducido de la revista sueca de viajes VAGABOND # 2, 2013 / “VI ÄR VAD VI ÅKER”]

rumba-in-chiva CARTAGENA

B_-_INDIA

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