Efecto Bilbao ha hecho florecer al País Vasco

Bilbao ha pasado de ser una ciudad industrial sin futuro a un atractiva ciudad turística con mucha cultura, montones de buena comida – y un interés por el fútbol casi religioso.

Mientras la lluvia salpica fuera de las ventanas del bar y se piden un par de sabrosos pintxos más se puede, con algunas generalizaciones empinadas, ver Bilbao como un Gotemburgo de España.

Ambas son ciudades de tamaño medio, con cerca de 350 y 500 000 habitantes respectivamente, ambas están ubicadas a orillas de ríos – Nervión y Göta älv respectivamente – con cercanía al mar, y son antiguas ciudades de  construcción naval e industriales que han tenido que remontar. El patriotismo local es a veces ridículo/’que da ganas de reír’ y el fútbol tiene connotaciones religiosas.

La desconfianza hacia la capital (de España) está firmemente arraigada, pero en Bilbao muchas personas no se contentan con gruñir en tono negativo sobre Madrid, sino que quieren que el País Vasco completamente se deshaga de la madre patria. Son significantes ciudades de exposiciones y conferencias, consideran que tienen el mejor pescado y marisco de su país, ambas tienen tranvías.

Las similitudes son pues muchas entre la capital de la provincia de Vizcaya en el País Vasco, en el norte de España y la segunda ciudad de Suecia, pero las diferencias también son significativas.

Esto se puede ver cuando la lluvia pasa y sigue su camino y se toma el funicular a Artxanda y se mira por encima de los edificios que se agolpan en torno al río en el fondo del valle.

Allí en la curva está el Casco Viejo, más cerca está una chimenea solitaria como monumento después de una fundición desaparecida donde se encuentra ahora en su lugar un parque. En la otra orilla del río, donde El Ensanche, la parte moderna de la ciudad se encuentra, se ve algo que podría ser un gigantesco, arrugado bote de cerveza. De hecho es un asombroso edificio que es un motivo y un símbolo de la prosperidad de Bilbao: El Museo de Guggenheim, diseñado por Frank Gehry y construido sobre lo que antes fue una antigua zona de astillero.

De cerca, el edificio es fascinante y sobrecogedor, una combinación de piedra caliza, cristal y formas ondulantes que cambian de forma dependiendo del ángulo y la luz. Está revestido de placas delgadas de titanio superpuestas como escamas de pez, mucho más caro que chapa de acero, pero Gehry insistió en que el acero “se apaga” en el tiempo a menudo nublado de Bilbao, mientras que titanio se aprovecha de la luz. Y es verdad: el museo brilla, cambia como la superficie del mar de carácter dependiendo de la luz. El edificio es una obra de arte llena y rodeada de arte.

Fuera de la entrada escolta el gigantesco cachorro de Jeff Koons vestido con flores vivientes, en otra parte del museo se encuentra el ramo de tulipán superdimensionado del artista en acero cromado de color que costó cuatro millones de euros el comprarlo. Muchos consideraron el precio escandaloso, pero Koons es junto con Damien Hearst, los artistas contemporáneos que son mejores en ‘domesticar’ la ‘parte más hinchada de dinero’ del mercado.

Una guía admite que el edificio es de hecho fantástico, pero que la forma ha ido antes que la función. Algunos espacios públicos son demasiado apretujados, las salas de exposiciones tienen formas extrañas y son difíciles de usar. La mayor de ellas está ocupada por esculturas de acero de Richard Serra, doblados en frío y monumentales, trozos metálicos oxidados en formas como cáscaras o tiras de papel que crean elipses inclinadas y laberintos por los que caminar. Afuera cavila la gigantesca araña “Maman” de Louise Bourgeois.

Un contraste a las surrealistas formas onduladas del museo es el Metro de Bilbao. Está diseñado por Norman Foster (también implicado en la transformación del Slussen en Estocolmo) y es un ejemplo de “British Hi-tech”, sobrio, acero estricto y austero y hormigón con detalles de construcción visibles.

El llamado “efecto Guggenheim” se refiere a que el museo se convirtió en un imán turístico y una chispa encendedora para la revitalización de la ciudad. Cuando la fundación estadounidense Solomon R. Guggenheim miró a su alrededor en Europa para establecer un nuevo museo eligió Bilbao, no menos porque la región estaba dispuesta a ofrecer 100 mdd. El museo abrió sus puertas en 1997, y ahora vienen cerca de un millón de visitantes al año a Bilbao, en comparación con 25.000 en 1995.

Pero el efecto Guggenheim se alberga a su vez en el “efecto Bilbao“, una historia de ave Fénix urbana sobre cómo una ciudad es capaz de levantarse de la decadencia y el letargo. El proceso se puede decir que empezó en 1992, cuando una empresa de titularidad pública fue creada para revitalizar la ciudad y sus alrededores desde la crisis industrial del la década de 1980 había ahogado la industria naval y del acero.

Bilbao estaba gastada y sin esperanza en el futuro, pero ahora se iba a ampliar el transporte público, el puerto se trasladó más cerca del mar, zonas de almacenamiento de contenedores y otras áreas abandonadas en el centro de la ciudad se rehicieron a parques o se urbanizaron, y se comenzó con la purificación del río grotescamente contaminado.

pasarela Zubizuri

Famosos arquitectos fuerpon involucrados, además de Gehry y Foster, por ejemplo, Santiago Calatrava, que entre otras cosas diseñó la pasarela Zubizuri que se pasa en el paseo a lo largo de los muelles restaurados, y Philippe Starck, quien transformó el almacén de vinos Alhóndiga de 1909 a un centro comunitario de ocio y cultura. Bilbao se ha convertido en un ejemplo estudio de planificación urbana exitosa. Ahora son el comercio, el turismo y la construcción tres de los pernos base económicos.

Es pues en parte una historia exitosa en una nación en un abismo económico. También el rico País Vasco es afectado por la crisis, pero no tan duro como por ejemplo Andalucía. Y para el alivio de muchos, ha dicho el grupo separatista vasco ETA que va a dejar las armas para siempre después de 40 años de asesinatos y secuestros, pero otros se reservan con “el que viva lo verá”.

La sed de sangre se puede satisfacer de otra manera, tal vez con un ‘bloody mary’ y corridas de toros en la televisión del bar. Es un espectáculo bárbaro con efecto casi hipnótico en todos. La comprensión de que “tortura no es cultura”, ha hecho que las Islas Canarias y últimamente Cataluña hayan introducido prohibición, lo que es una muleta/un paño o tela de color rojo para aquellos que ven las corridas de toros como una parte del alma popular. La matanza ritualizada es una gran industria pero en reducción que recibe alrededor del equivalente a 450 millones de coronas suecas de ayuda de la UE.

Pero la pasión por la tauromaquia no puede medirse con la devoción que suscita el fútbol, y el estadio de San Mamés, el campo de casa de los rojiblancos del Athletic Club es llamado naturalmente “La catedral del fútbol”. El ir aquí al curro el lunes por la mañana sin haber visto el partido del equipo local sería harakiri social.

El equipo requiere un tipo de “pureza étnica” en el que todos los jugadores deberán tener sus raíces en el País Vasco, quizás un eco de recuperación después de la represión de la dictadura franquista de lo vasco. El lenguaje se mantiene parcialmente vivo con respiración artificial, por ejemplo mediante el requisito de dominar el vasco para obtener empleo público. Los escolares reciben enseñanza en vasco pero hablan español entre ellos.

Aparte del fútbol pertenece la comida a los elementos sacrosantos de la vida. La vecina San Sebastián podrá tener más restaurantes con estrellas Michelín, pero también en Bilbao se concede gran cuidado a lo que se come. El Mercado de la Ribera es el mercado cubierto más grande de España.*

En Bilbao hay por supuesto todo tipo de mariscos, pero tanto la amada merluza como el bacalao salado, pueden para los inexpertos parecer un poco sosos y ‘sueltos’ en la carne. Los pintxos de Bilbao, sin embargo, la versión local de tapas, es una explosión de fuegos artificiales de sensaciones gustativas.

Para el almuerzo y hacia la noche se cargan las barras de los bares de bocados bonitamente formados, por lo general pero no siempre con un pedazo de pan como base. Atún, anchoas, calamares/pulpo, ensalada de mariscos, jamón, un trozo de tortilla – la mayoría de los bares tienen su especialidad.

Es modesto y refinado al mismo tiempo. El clásico vino para los pintxos es el blanco y amargo txacoli (se pronuncia “chákoli), pero en una ciudad conocida por su cultura gastronómica uno podría preguntarse cómo también una mezcla de vino tinto y Coca-Cola bajo el nombre de kalimotxo ha podido convertirse en ser tan popular.

Casco Viejo

A lo largo de las paralelas callejuelas medievales conocidas como las “Siete Calles” en el Casco Viejo se encuentran los bares lado a lado, y en la parte moderna de la ciudad a lo largo de las calles como Licenciado de Poza son las aceras al anochecer una fiesta de paseo y charla deambulante cuando la gente va de ‘ronda de pintxos’ de un lugar a otro hasta las tantas de la madrugada.

Cuando el reloj se acerca a la medianoche viene un hombre y pide un plato entero de finísimas lonchas de jamón de pata negra que se las zampa con un par de vasos de rioja. El círculo de dieta en toda su gloria, pero si la vida es un rayo de luz entre dos eternidades de oscuridad uno quizás debería entregarse a los placeres que están a nuestro alcance.

El domingo es tranquilo. Uno puede sentarse en un café en la Plaza Unamuno y observar el busto del hijo de la ciudad, el poeta y filósofo Miguel de Unamuno. Don Miguel es conocido entre otras cosas por haber primero simpatizado con los nacionalistas en el período previo a la guerra civil española, pero luego se volvió contra la brutalidad que los fascistas de Franco mostraron, lo que le costó su puesto de trabajo en la Universidad de Salamanca. “A veces, el silencio es la peor mentira”/”A veces, estar en silencio es lo mismo que mentir”, es una frase que ejemplifica su valor moral/civil.

Casco_Viejo plaza nueva

Por lo demás es la Plaza Nueva en el Casco Viejo lugar correcto un domingo. En la hermosa plaza, simétrica y rodeada de arcadas hay el mercadillo del trueque con tanto libros antiguos como animales de compañía y chucherías, y en el decorado con azulejos Café Bar Bilbao de 1911, suele estar lleno cuando la gente come la especialidad calamares fritos – txipiroi frijituak en vasco – y el pedido “-Ca-la mares!” una y otra vez se vocifera hacia la cocina.

Por la tarde se ‘arrejuntan’ jóvenes y viejos coleccionistas de fotografías de fútbol en una esquina de la plaza. Se intercambia, se compran y se venden naipes, se regatea, se negocia. Muchos tienen álbumes de coleccionistas gruesos como catálogos de guías telefónicas. En la cafetería de al lado están unos ‘chicos muy maduros’ e intercambian fotos de poses a color de los años 40 y 50 de su juventud.

Hay algo tan simpático y conmovedor en esto, un eco nostálgico de una época pasada pero aún así no del todo. Toda la plaza susurra de voces, una sala de estar pública donde todos son bienvenidos. Otro chubasco de lluvia más es razón para seguir en la galería de arcadas junto a un vaso y un pintxo a la espera de la retardada cena. [Bilbaoeffekten har fått Baskien att blomma – DN.SE]

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