Ioan Clamparu, alias ‘Cabeza de cerdo’

Así se fabrica un traficante de mujeres
  • «Cabeza de Cerdo» esclavizó a 350 prostitutas, a las que amenazaba con descuartizar y tirar a los perros
  • Sus 25 años de terror acabaron cuando la Policía le localizó en Portugal
Cabeza_cerdo_Dios me ha dicho que no he hecho nada malo». Estas palabras, pronunciadas el pasado septiembre en un despacho del complejo policial de Canillas, son el epitafio a 25 años de carrera delictiva. Ioan Clamparu (Rumanía, 29 de octubre de 1968) se acababa de presentar en las dependencias del Grupo de Países del Este de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta Central, a sabiendas de que los investigadores, tras siete años fugitivo, le tenían localizado en Portugal. La Policía Nacional daba así caza al dramático currículum de «Cabeza de Cerdo», uno de los mayores traficantes de mujeres del mundo. Esta misma semana, se conocía la dura sentencia que le imponía la Audiencia Provincial de Madrid: 30 años de prisión, la máxima pena, por cinco de los 350 casos de explotación sexual que se le atribuyen. Entre esta media decena de mujeres valientes que se atrevieron a denunciarle (aunque sólo dos comparecieron ante el plenario, como testigos protegidos), había una que, siendo aún menor de edad, fue obligada a abortar de manera salvaje.

La historia de este sujeto no se podría entender sin los cimientos que sustentaban el régimen comunista de Ceaucescu en su país. En las postrimerías de la atroz dictadura, Clamparu fue encarcelado en 1988 por un homicidio. Allí conoció a algunos de los que luego serían sus colaboradores más estrechos. La caída del Telón de Acero y el inicio de una transición política en Rumanía, más fachada que otra cosa, creó una amalgama de mafias que no querían perder su trozo del pastel con la llegada de la democracia. Clamparu, entonces guardaespaldas de un destacado político de su país, aún en activo, importante empresario deportivo y con despacho en Bruselas, creció criminalmente a los pechos de políticos maquillados de reformistas y los servicios secretos de aquella época tan oscura del país del Este de Europa. Era el destino «natural» para jóvenes cuya carrera deportiva prometía (en el mundo de la halterofilia o la lucha libre, como es el caso), pero que entonces no veía otra salida que vincularse al mundo del crimen. […]

Un «padrino» rumano de película […] [CARLOS HIDALGO, M. J. ÁLVAREZ/abc.es/]
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