Dubai, de cero al infinito

Así es el paraíso de los nuevos ricos

  • Es uno de los lugares con un crecimiento más rápido del mundo
  • El emirato alberga la mayor concentración de hoteles de lujo
  • Está considerada como ‘la nueva tierra de las oportunidades’
  • El petróleo ya sólo supone el 10% de los ingresos del país
  • Durante los siete años que siguieron al atentado del 11-S Dubai creció un 13% anual. De repente, gran parte del dinero árabe que no era bien recibido en Estados Unidos encontró un país hermano en el que quedarse
  • “Aquí hay la misma prostitución de cualquier país occidental. Eso sí, nadie lo reconocerá delante de Alá. Todo es así de contradictorio”

Jumeirah beach, Dubai. Jumeirah beach, Dubai

“Hasta que no oyes la llamada para rezar, no caes en la cuenta de que estás en un país islámico. Todo aquí es demasiado extraño”. Kris Fade es, además de australiano e hiperactivo, una estrella de la radio local en la cadena Virgin. Resulta difícil hablar con él. Cada cinco segundos, siente la llamada irrefenable y esquizofrénica del móvil. “¿Tienes twitter? Dámelo”. Y un segundo después… “En el Burj Al Arab con @luis_m_mundo, un periodista español”. Entre tuit y tuit, este locutor de voz grave (como todos), rastas y adicto al iPhone ofrece un curso acelerado de Dubai a todo el que quiera escuchar. Detrás de él, desde el piso más alto del hotel más lujoso del mundo, se adivina el perfil de una ciudad extraña, la más extraña, un costurón de acero y neón en medio del desierto. Delante, el mar del Golfo Pérsico.

“Todavía me cuesta adaptarme. Cuando llegué aquí hace algo más de un año no sabía muy bien qué me esperaba. Ahora, sigo sin tener del todo claro qué es esto. Y me gusta. Para el resto del mundo, Dubai es un capricho de unos millonarios locos con mal gusto (y lo es); para los que vivimos aquí es el único lugar del planeta que cambia cada día, es la nueva tierra de las oportunidades (pese al mal gusto). Si vienes de fuera, no cuenta quién eres, quién es tu familia… sólo cuenta qué sabes hacer y cuánto pagan por ello“. Acaba la parrafada, hace una foto y vuelve al Twitter.

Tras la presentación mundial de la película ‘Misión imposible 4’, el ágape post-proyección tiene lugar en el edificio que se ha convertido en el emblema del emirato. Hace apenas una década, en el sitio donde Kris no para de mandar mensajes no había nada. Ni siquiera tierra firme. El hotel, cuya construcción se inició en 1994, se levanta ahora sobre una isla artificial a unos cuantos metros de la línea de la costa. Cinco años después, la creación del arquitecto Tom Wright por encargo personal del emir Mohammed es algo más que el símbolo de Dubai, es, tal como figura en las bases del proyecto, la construcción más notoria e importante del mundo árabe en la actualidad. De ahí su nombre: Burj Al Arab o, traducido, la torre de los árabes.

Se quería y se quiere un emblema del poder que cualquier ser humano sea capaz de reconocer y situar en el mapa. Sus 202 suites más allá de las cinco estrellas da fe de lo pretendido. Contrasta, eso sí, la elegancia de su línea exterior con el boato de un interior estridente y fatalmente colorista (sufren las retinas con esa extraña fusión persa-china-Las Vegas).

Oro y esclavos

“Lo mejor de esta ciudad es que uno se puede presentar con estas pintas”, dice Kris enseña unos imposibles pantalones pirata. “En el lugar más exclusivo del mundo y no pasa nada. Las reglas en Dubai se ponen sobre la marcha”. Lo cierto es que esta ciudad ha conseguido hacer del pragmatismo su forma de ser. Todo está permitido, todo mezclado. Las mujeres dubaitíes pasean por las galerías comerciales con solo los ojos al descubierto mientras a su lado la publicidad de la ropa interior más exclusiva enseña hasta las amígdalas de la modelo.

El edificio más alto (y el que más energía consume) es capaz de dejar sin luz a buena parte de la ciudad. El deficiente alcantarillado pone en serios problemas el lujo a machamartillo de las tiendas exclusivas. El oro se mezcla con la caca; los Land Rover con los camellos. Y no pasa nada.

Y todo quizá producto de una simple decisión: desde 2002 cualquiera, independientemente de su nacionalidad, puede comprar una casa en medio del desierto más deseable del mundo. La ciudad se convirtió en ese momento en el único lugar del Golfo donde los extranjeros pueden tener propiedades. El mensaje que se lanzaba al mundo era sencillo: no importa tanto el dinero que traigas como lo que puedas hacer por la economía y la sociedad de aquí.

Eso, por un lado. Por el de arriba. Por el otro, el de abajo, la mano de obra barata -casi esclavizada, dicen algunos-, ha hecho de esta ciudad el lugar de contrastes y cosas que brillan que es. “No sé si te puede ilustrar algo esto, pero aquí (Y Kris baja la voz) hay la misma prostitución de cualquier país occidental. Eso sí, nadie lo reconocerá delante de Alá. Todo es así de contradictorio”.

Crecimiento de vértigo

Y en medio, Burj Al Arab. El máximo exponente de lo confortable se levanta en un sitio al que llegó la primera bombilla eléctrica en 1960. En sólo una generación, la ciudad ha pasado del cero al infinito. En 1950, Dubai no era muy diferente al Dubai de 1850. Los padres de los que ahora estudian la manera de sustituir el petróleo por otras energías alternativas (eso ocurre en la universidad de los emiratos) nacieron en un sitio donde apenas había dos escuelas que enseñaban exclusivamente el Corán. Y así.

Sin irse tan lejos, en 1985, en el emirato apenas había un único ‘resort’ turístico llamado Chicago Beach Hotel. En 2008, según el recuento que hace el periodista Jim Krane, se ha convertido en una potencia turística con la mayor concentración de hoteles de lujo del mundo, 350, con cerca de 40.000 habitaciones (en 1985 eran 4.000 las contabilizadas) disponibles. Las cifras marean. El crecimiento da vértigo. Durante los siete años que siguieron al atentado del 11-S, Dubai creció a un ritmo anual del 13%, más rapidamente que China. De repente, gran parte del dinero árabe que no era bien recibido en Estados Unidos encontró un país hermano en el que quedarse.

“Vivir aquí es como vivir en una especie de sueño. Sabes que te tocará despertar, pero no eres tú el que decide cuándo”, continúa Kris. Parte de esa sensación, entre la sorpresa y el vértigo, a la que se refiere la produce la desproporción. Todo es gigante y, lo más increíble, ayer no existía. Sólo el desierto permanece. De entrada, Dubai es el único lugar del planeta en el que uno puede ver atardecer dos veces en un mismo día. Y sin beber. Basta con coger un ascensor que en un minuto salva un desnivel de casi 800 metros (media milla). Hacia arriba se entiende. Hacia abajo, la verdad, tiene menos mérito. Uno ve cómo se pone el Sol al pie del rascacielos Burj Dubai y 60 segundos después vuelve a contemplar cómo se esconde por el horizonte desde la planta 124 de la también conocida como torre del Califa. Y todo gracias al edificio más alto y al ascensor más rápido del universo conocido. Y sin una gota de alcohol en sangre. […] [Luis Martínez /elmundo.es]

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