La normalidad es una cuerda de horca que abarca a cada vez menos gente

Miedo, incertidumbre y prejuicios nos llevan a dividir a la gente en competente e incompetente. Normal y anormal, escribe Alexandra Pascalidou.

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Micke quiere agradecer a su TDAH por el éxito.

El chaval con la mirada azul eléctrica sube a la escena iluminada del Hotel Clarion Sign, agarra mi micrófono y dice: “Mi nombre es Micke y yo quiero agradecer a mi TDAH, que me haya traído aquí”.

La conferencia de MISA trata acerca de personas con discapacidad intelectual y mental a las que que rara vez se les permite la entrada en el mercado laboral. Jóvenes y adultos con el síndrome de Asperger, TDAH, trastorno bipolar y otros trastornos que pueden hacer a jefes de personal a reflexivamente tirar sus documentos de solicitud a la basura.

Miedo, inseguridad, prejuicios, o un mecanismo reflexivo de sortear afuera que divide a las personas en capaces e incapaces. Normales y anormales. Sin pensarlo dos veces.

La joven mujer con el síndrome de Asperger que acaba de obtener su primer empleo en el hotel Scandic resulta ser un ejemplo en organización, pensamiento sistemático y orden meticuloso. Un síntoma de enfermedad que en lugar de asustar y hacer que nos pongamos de espaldas a ella puede ser una ventaja en el trabajo.

Con una sonrisa contagiosa cuenta Carina sobre la alegría de tener un trabajo al que ir. Tener compañeros de trabajo y rutinas diarias y horario por turnos. Su orgulloso jefe dice que lo único que se necesita para que ella funione en el trabajo es que ella no reciba un centenar de diferentes respuestas de diferentes sitios. Ya que es incapaz de que manejarlas. Pero su capacidad para concentrarse y crear orden es única.

Micke que agradece a su TDAH es testimonio de una vida acosada por la intimidación y la exclusión. A los ocho años de edad le propuso a su profesor que fuesen a tener una educación más personalizada. Al profesor le pareció que esto era “anormal”. La normalidad es una cuerda de horca que abarca a cada vez menos gente.

Tal vez Micke estaba adelantado a su tiempo. Con los años llegó a equilibrar su frágil autoestima con su TDAH. Cuando escuchó a un profesor de inglés hablar en la radio, le llamó por teléfono de inmediato. “No veo límites. Yo hago lo imposible”, dice él y veo a un joven que suena como un entrenador exitoso cualquiera.

Eso es lo que todos los entrenadores de felicidad lucrativos predican. A atreverse un poco más. ¿Cuántos de los héroes de la historia tuvieron realmente TDAH sin que se les asignara el diagnóstico y el sello implacable de ser anormales?

Según encuestas, tiene una mayor proporción de directivos que el resto de la población rasgos psicopáticos. Propiedades que pueden funcionar como motores en la carrera.

“Lo único que necesitamos nosotros los que tenemos TDAH, nosotros que nos encanta poner en marcha proyectos, correr allá donde el corazón nos lleve, es estar rodeado por administradores talentosos”, dice Micke.

Todos somos tan diferentes. Algunos tienen diagnósticos. Otros no. En vez de encarcelar a las personas con discapacidad funcional en bajas por enfermedad de por vida deberíamos verlas como un activo. No nacimos para tratar de ser “normales”. Nacimos para aguantar. [metro.se]

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