La mujer que salvó la flor de amancay

Amancay -María Benavides de Tschudi (71) es parte de un grupo de gente que decidió salvar de la extinción a la más efímera y limeña de todas las flores

En el siglo XVII, nos lanzaron un piropo y no nos dimos cuenta. Al ver esta flor oriunda y típica de nuestros valles, el cronista español Bernabé Cobo señaló: “Era muy semejante a la azucena pero más artificiosa, y de mejor parecer”. Y es que, al ver una de estas flores, entendemos por qué: acompañando a sus pétalos, casi como pequeños guardias imperiales, emergen unas delicadas varillas que le dan forma de estrella o de corona. Esto las distingue de otras flores de amancaes, más sencillas, que se conocen en Chile y Argentina.

Cuánto no habrá sido admirada y venerada: se sabe que los incas la tenían por flor preferida. Es una especie que solo crece en las lomas de Lima, entre los meses de junio y septiembre, y es efímera: su floración dura entre 3 y 4 días en campos que florecen durante unas 4 semanas. Su destino es curioso: ¿cuántos limeños han visto una?

De no haber sido por Marucha Benavides y la gente de Proflora, Floralíes, Cementos Lima y el señor Mauricio Romaña, hoy hablaríamos en pasado, porque, hasta hace unos años la flor emblemática de la capital estaba en franco peligro de extinción.

UN TRISTE FIN DE FIESTA
La famosa Fiesta de Amancaes, que inmortalizó
Chabuca Granda con su vals José Antonio, dejó de existir en 1968, en gran parte, porque la explosión urbana hizo desaparecer la pampa y la flor. Esta festividad tenía lugar sobre las laderas de las colinas que rodean el Rímac y, durante semanas los cerros se ponían estola. El florecimiento masivo y repentino de los amancaes creaba una enorme alfombra verde y dorada que, durante siglos, había seducido a propios y ajenos.

Ahí quedó sepultada, para siempre, esa procesión, mitad católica y mitad pagana, que le dio vida a la capital. “A mí me entró como una desesperación al enterarme de que la flor de amancay había desaparecido”, cuenta Benavides. Esta limeña de modales finos había pasado décadas trayendo flores de Europa y otros países para aclimatarlas al Perú y venderlas en su vivero. Hasta que un día tuvo un momento de identidad:“¡Cómo puedo estar trabajando con plantas extranjeras y no con algo peruano!”, y, a partir de entonces, se dedicó a rescatar plantas como la cantuta, otro símbolo nacional.

Después de tres años de recorrer las lomas de Lima en época de florecimiento, para ver si quedaban zonas silvestres, encontró lo que buscaba en tierras que pertenecían a la empresa Cementos Lima, en Pachacámac: había todo un sector que solo conocían los chivateros que, desde tiempos inmemoriales, bajaban de la sierra para pastear sus animales, sobre lomas de amancaes.

Fue ahí cuando se firmó un convenio con la empresa y empezó la tarea de recuperación y protección. “Lo más increíble era que estábamos salvando no solo la flor de Lima, sino una especie que solo crece aquí y en ninguna otra parte del mundo”, cuenta con contenida excitación esta señora de suaves ojos azules y dicción ligeramente accidentada.

Lo primero que se hizo fue cercar la zona, unas 20 hectáreas. Después, trabajar con los pastores para que entiendan de qué se trataba y respeten el santuario.“Les decíamos que esas flores estaban por desaparecer, que era la flor del inca, que ellos tenían el deber de protegerla, y así, hasta que dijeron: ‘Sí’, y empezaron a cooperar con nosotros”. […] [JAVIER LIZARZABURU/elcomercio.pe]

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