Aves gozan la vida en El Dorado

  • UNA RESERVA EN la Sierra Nevada de Santa Marta permite investigar y protege numerosas especies animales
  • En ella habitan dos decenas de aves endémicas

El anuncio de que estamos cerca es un alivio luego de dos horas de camino, más de una corcoveando dentro de un jeep que parece desbaratarse para acomodarse a la irregular carretera repleta de grandes piedras.

Los maletines quedan en el piso del comedor mientras llega el personal. Vidrieras grandes muestran un agradable paisaje y abajo, a unos seis o siete metros, colibríes vienen y van libando el néctar que extraen de varios comederos artificiales.

Pronto asoma Lizzie Noble, una inglesa que (al momento de la visita) dirige las actividades en la Reserva Natural de las Aves El Dorado.

Es un refugio de 700 hectáreas en la Sierra Nevada de Santa Marta. La casa principal, donde estamos, se halla a unos 2.100 metros de altura. Pronto nos enseña el lugar y nos dirigimos a otra construcción, también en madera de pino, donde están las habitaciones. Se divisan un pedazo de El Rodadero, Ciénaga y, al fondo, Barranquilla.

Sierra de Santa Marta

El Dorado es reserva desde 2006. Surgió por iniciativa de Proaves para proteger uno de los ecosistemas más frágiles de la región, antiguamente ocupada por fincas ganaderas que dejaron una huella que apenas el tiempo comenzó a borrar. De 1.871 especies de aves vistas en Colombia, 322 se pasean por El Dorado y 19 son endémicas de la Sierra, algunas en peligro de extinción como el periquito de Santa Marta (Pyrrhura viridicata) (Listen now). Acá todas están protegidas.

Santa Marta parakeet R N DE LAS AVES EL Dorado-2

Parte del bosque se ha regenerado se ve, luego, al recorrer los tres senderos que cubren parajes aledaños, por los cuales se observan aves que brincan de árbol en árbol. Al extremo de los caminos existe un comedero para cóndores, donde de tanto en tanto se les ofrecen cabezas de ganado y otras presas de la res por si se acercan estos emblemas nacionales. Y un poco más abajo un mirador desde el que en días despejados se encuentran lejanos los picos nevados de la Sierra. Un colorido trogón enmascarado (Trogon personatus) macho, brinca de rama en rama con su hembra.

-Allá -señala Fabio Bacca, nuestro guía- está la entrada para Ciudad Perdida. Desde ese sitio, La Tagua, son dos o tres jornadas de viaje a pie. Y por otro costado se encuentra la estrella hídrica, donde nacen y corren a diversas vertientes ríos como Toribio y el Córdoba; el Gaira, Manzanares, Piedra, Mendihuaca, Guachaca entre otros.

Bacca es un lugareño que en ocasiones trabaja en la Reserva. Por estos días cambia 35 nidos para el loro de Santa Marta en lo alto de las palmas que adornan saltonas algunos pedazos del bosque.

Refugio natural

El Dorado es una de las 16 reservas de aves que protege Proaves, Fundación sin ánimo de lucro que dirige sus esfuerzos a la conservación de las aves y su hábitat. Es centro de investigación, al que acuden investigadores nacionales y extranjeros, y destino turístico que gana en acogida.

Ratón arbóreo de Santa Marta (Santamartamys rufodorsalis).Lizzie Noble es voluntaria. Llegó, dice, como muchos otros: por internet o por información de terceros. Tuvo la fortuna de fotografiar hace tres meses, con Simon McKeown, al ratón arbóreo de Santa Marta, un roedor del tamaño de un cuy que no se veía desde 1898.

-Estábamos aquí (en el comedor) y se paró allí afuera. Estuvo un rato, cuenta.

No supieron en ese momento la importancia del avistamiento.

El segundo día nos espera un recorrido por la reserva, en la cuchilla de San Lorenzo. Se avanza por un remedo de vía que hace añorar siquiera diez metros de asfalto y por el que se sufre para no encontrar otro carro porque habría que reversar, quizás, un kilómetro, serpenteando por el borde del abismo.

Media hora después se llega a la laguna, sitio sagrado de peregrinación para indígenas de la Sierra, convertida hoy en un escuálido charco. En el camino, junto a una antena, se tiene un panorama completo de los nevados que refulgen bajo un Sol pleno que en San Lorenzo resulta adormecido por la suave brisa que se mete por infinidad de cuchillas de la agreste geografía.

De bajada, a pie, la sucesión de aves reconforta. Una pareja del periquito de Santa Marta y una mirla común, mientras dos cucarrones se trenzan en un baile colgados de una rama. Pasa un copetón común y pasa también una reinita colombiana (Myoborus flavivertex) endémica de la zona; sobre un alambre de energía se posa otro pájaro único en el lugar: un atrapamoscas.

El paisaje es sobrecogedor. Las cuchillas y cerros presentan parches claros y verdes. No hay una sola loma tupida por completo. La seguidilla de montañas de toda altura y forma invita a la imaginación a ver qué hay detrás. […] [Ramiro Velásquez Gómez/elcolombiano.com]

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