Al Che lo formolizaron todavía caliente

che muerto-Rina Tapia fue una de las primeras personas que vio el cadáver del Che Guevara, pues fue llamada por el ejército boliviano para que reconociera el cuerpo del guerrillero. Este es su testimonio.

Una noche cualquiera, en una inolvidable sesión en la que participaron decenas de poetas, a un costado del salón en donde estaban todos reunidos había una mujer, ya entrada en años, que atentamente tomaba nota de quienes poco a poco iban pasando al frente a leer sus poemas y, después de varios minutos, cuando preguntaron si alguien más quería hacer lo propio, ella levantó la mano, dejó a un lado sus viejos cuadernos y, con un andar lento pero firme, se puso frente al atril, sacó una hoja y leyó su poema. Pero no fue un poema cualquiera, sino unos hermosos versos dedicados a Ernesto Guevara, conocido como El Che. Pero lo sorprendente no fue eso, sino que, sin presentarse ni nada, leyó su poema en quechua…

Los que estaban distraídos levantaron la mirada sorprendidos, primero, porque no lograron descifrar el idioma, y, segundo, porque después de haber oído a los demás poetas leer sus trabajos en español, les pareció extraño, muy extraño que alguien lo hiciera en otra lengua.

Cuando terminó dijo: “Es el quechua, mi lengua nativa. Ahora lo voy a leer en español, en homenaje a ese hermoso hombre llamado Ernesto Che Guevara”…

El silencio fue casi espeso, profundo, largo, interminable, hasta que, lentamente, leyó todo el poema, recordando al médico argentino que injustamente había sido abatido allá abajo, en la cañada Ñancahuazú, en Valle Grande, en su Bolivia del alma.

Cuando terminó, todos aplaudieron con un sentimiento salido del alma, pues esa mujer, también médica, como su esposo, le había escrito unos versos con aroma de vida a quien había llegado aún caliente a la vieja escuelita de la olvidada vereda que jamás apareció en los mapas bolivianos, porque simplemente el lugar no existía, y de pronto apareció cuado el mundo supo que el Che había sido ejecutado.

La mujer regresó a su asiento, recogió sus cuadernos y se dispuso a salir. Fue entonces cuando la abordé y le pedí que me recibiera en su casa para que me contara la razón por la cual había escrito ese hermoso poema dedicado al Che. “Porque lo conocí aún caliente”…

Varios meses después le hice una entrevista y fue cuando me dijo que “lo sucedido en Valle Grande fue un episodio que me dolió y aún me duele, me conmueve y, cada vez que lo recuerdo, mi piel se vuelve arrozuda”.

CheMe dice que toda Bolivia hablaba del Che constantemente, y por todos lados había soldados, especialmente gringos, que lo buscaban afanosamente y aunque trataban de mimetizarse con mis compatriotas era imposible, pues mientras nosotros somos bajitos, de piel oscura y ojos rasgados, ellos, como lo canta Piero, son de mandíbulas grandes de tanto mascar chicle”…

“Conocimos al Che ya muerto. Nos invitó a los dos, a mi marido y a mí, ambos médicos, el oficial que dio la orden de que lo mataran, para que nos cercioráramos de que, efectivamente, el Che estaba muerto y para que redactáramos una especie de acta en donde certificáramos que él había muerto”.

“Había mucho Ejército por todos lados, rodeando la escuelita, y hasta helicópteros dando vueltas… Y, cuando llegamos, efectivamente lo encontramos muerto en el Hospital de Valle Grande, en la lavandería, como se llama allá, que eran dos pocetas, grandes y largas, ya desvencijadas. Allá lo pusieron, cuan largo era el Che; estaba sobre una especie de camilla improvisada que no eran más que dos tablas que pusieron sobre los lavaderos. Lo pusieron en una camilla sobre dos tablas en la lavandería de Valle Grande”.

“Fue inmensa la impresión, pues apenas entramos, lo vimos allí. Estaba con sus ojos abiertos, como dos estrellas, con esa expresión tan hermosa luego de haberle dicho a su verdugo: ‘Mátenme: soy yo’. Entonces se nos acercó el médico que lo había recibido, aunque ya cadáver, aún fresco, caliente. ¡Aún vivo!”.

“Yo iba con mi esposo, y le pregunté el nombre al médico que se había quedado a nuestro lado, en un angustioso silencio: ‘Doctor: ¿por qué el Che tiene los ojos abiertos?”. No nos miró, simplemente se quedó callado en un tiempo que se nos hizo eterno, hasta que por fin dijo, con la voz entrecortada: ‘Porque me obligaron a formolizarlo todavía en caliente’”…

“El Che se estaba muriendo y los militares querían acelerar su muerte, por eso le dieron la orden al galeno para que le inyectara formol, que entra por las venas como si le estuvieran metiendo candela. El cadáver estaba caliente y, probablemente, se sorprendió de recibir el químico por sus venas; creo que eso explica por qué esa expresión del Che”.

Rina Tapia le puso la mano en el hombro al joven médico y éste, con un hilo de voz, le dijo: “Tuve tanto miedo en ese instante, que me tocó taparle la cara con su gorra, con su cachucha, porque me asusté cuando me miró con esos ojos”. Rina continúa: “Ya pueden ustedes imaginarse cómo fue ese episodio. Yo sabía mucho del Che y por eso me llevaron, porque conocía mucho de su parte física y ellos querían saber la verdad. Él tenía una marca y era el dedo que le faltaba en una mano y, fíjense ustedes, casualmente, al médico que lo formolizó, también le faltaba un dedo, el índice, en la mano izquierda… son cosas que conmueven”. […] [Por: JORGE CONSUEGRA/elespectador.com]

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