Pequeña y acogedora Eslovenia

Todo recuerda todo el tiempo a otra cosa y no se consigue saber dónde -o en qué siglo realmente- se encuentra uno. La pequeña acogedora Eslovenia ofrece sorpresas constantes. Aquí hay mar, Alpes, lagos, viñedos y comida gourmet – y una gran calma. 

Wurzenpass

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Hay maneras mucho más fáciles de entrar en Eslovenia, pero elegimos la más emocionante, en coche a través del alto (1611 m) puerto de montaña Wurzen Pass que une Eslovenia con Austria.

Wurzenpass

Una ruta de viaje y de escape antigua que no es recomendable para personas con predisposición al terror por el vértigo o mareos. Después de 49 (sí, las contamos) curvas ‘rompecuellos’ y demasiados encuentros inesperados con curiosas vacas alpinas y cabras, rodamos mareados y aturdidos adentro a Kranjska Gora, la vieja estación de esquí que es conocida por los días de apogeo de Ingemar Stenmark. Que reconozcamos el nombre no nos ayuda sin embargo a comprender realmente donde estamos, una sensación que volverá muchas veces durante la estancia

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Esto es zona alpina genuina, al igual que en el lado austríaco, pero hay menos casas, los caseríos son de repente más simples y carecen de basura alpina y las metas de heno son más pequeñas y más puntiagudas. El tráfico es también escaso y todo es muy tranquilo. Se siente como que no sólo hemos cruzado una frontera nacional, sino también una especie de límite de fecha, como si nos encontráramos hace muchas décadas atrás en el tiempo, en una vieja Europa preguerra sin prefijos Este y Oeste.

Tal vez podemos culpar a los mareos del viaje por carretera pero hacemos el ridículo del todo cuando entramos al banco para cambiar dinero. Cuando preguntamos sobre el curso (cambio) del día nos mira el banquero cansado a nosotros y nos comunica que el país ha tenido el euro como su moneda desde hace varios años. El rubor de la vergüenza arde en las mejillas, y esta señal de mala preparación nunca se debería haber revelado en este artículo si no fuera un ejemplo típico de la ignorancia general que prevalece sobre Eslovenia – que ha sido miembro de la UE desde 2004.

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Lavamos la vergüenza con un buen café, que sólo cuesta un euro, y comenzamos a conducir lentamente a Kobarid, situado en el valle del campestre valle de Soca. La palabra lentamente se ajusta bien en este país libre de estrés que rápidamente lo rebautizamos a Slow-enia.

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Kobarid es una ciudad agradable con un pequeño museo de guerra famoso. En estas zonas hermosas donde el río Soča fluye tranquilo, de hecho incontables batallas sangrientas se lucharon. El Hotel Hvala es simple y tal vez un poco demasiado de la Europa del Este, pero el restaurante tiene grandes ambiciones y el vino espumoso local es excelente. Alrededor de Kobarid hay cinco restaurantes gourmet, de entre los cuales el mejor es el Hiša Franko, que se encuentra en el centro del culo del mundo campesino. Aquí recibimos un ‘shock’ de sorpresa gastronómica, ya que la cocina es de clase mundial y además es moderna, verde, y con ingredientes producidos localmente. Hay truchas del río y quesos de las montañas. El viejo cliché de vale la pena dar un desvío se siente tontamente insuficiente como como evaluación. Aquí viene gente de todo el mundo para disfrutar de simple, comida gourmet virgen.

Llenos y más que que satisfechos abandonamos -muy lentamente por supuesto- el exuberante valle de Soca con todos los árboles frutales maravillosos y hermosos y antiguos caseríos y continuamos a través de la región de Kras, que está llena de colinas verdes e impresionantes ‘castillos de viñedos’ y bonitos pueblos. Un paisaje cultural relajante, como hecho para unas vacaciones en coche o en bicicleta.

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Con curiosidad intacta rodamos lentamente hacia el Mediterráneo donde Eslovenia después de la ruptura de la antigua Yugoslavia, 1991-1992, logró aferrarse a un tramo de 20 km aproximadamente de línea de costa. A poca distancia de Trieste se encuentran las pequeñas ciudades de Portorož y Piran.

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Portoroz, antes un “resort” exclusivo para los ricos de verdad, es hoy un complejo de presupuesto más bien de baja calidad.

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El único resto de los buenos viejos días de gloria se encuentra en el  hermosamente conservado hotel de cinco estrellas Hotel Kempinski Palace, con su magnífico restaurante que antes acostumbraban frecuentar tanto los viejos habsburgueses como Sophia Loren y el amante del lujo dictador Tito. La pequeña ciudad portuaria de Piran es una historia completamente diferente. Recuerda mucho a Venecia, pero se ha salvado de hordas de turistas y es calma y digna.

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Por fin un poco a regañadientes le damos la espalda al mar y vamos a Ljubljana. En el corto trayecto de unos 150 kilómetros da tiempo al paisaje de manera típica eslovena a cambiar de carácter varias veces. Lo que hace poco era un paisaje mediterráneo ahora parece Sörmland.

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La altamente ubicada Ljubljana, una mezcla maravillosa de Praga, Viena, Berlín y Amsterdam – al mismo tiempo vieja elegante gran ciudad europea y joven y super de moda ciudad estudiantil, merece un propio reportaje – como un viaje por separado. Entre los edificios barrocos adornados, en las plazas clásicas y a lo largo de los canales prospera una vida intensa de restaurantes rara vez observada, con una gran variedad de cafés, restaurantes y bares. El ambiente es cultural pero relajado, poco pijo y amigable.

Se siente como que la vieja dañada por la guerra Europa aquí ha sufrido un trasplante y recibido un nuevo, joven y saludable corazón. Hace sólo 20 años pertenecía el terreno aquí a la antigua Yugoslavia, pero aparte de la prisión para presos políticos (ahora convertida en hotel de moda!) en el barrio anarquista de Metelkova, muy raramente recibimos algunas sensaciones del Este durante el viaje. Las huellas del tiempo del ‘bloque del este’ están en gran parte borradas, tal vez porque Eslovenia culturalmente siempre ha pertenecido más a la Europa occidental/central.

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La carretera a la ciudad más antigua del país, la antigua ciudad romana de spa Ptuj (no intentes pronunciarla), pasa a través de un paisaje plano agrícola, donde sobre todo se cultiva lúpulo para la excelente cerveza local y maíz. La ruta entre el origen y el producto es a menudo recta y corta. El lúpulo en el campo se convierte en cerveza en la botella en el bar del pueblo. Ptuj resulta ser una ciudad un poco secreta y totalmente descolocada, quizás la que mejor nos cae en el gusto. También aquí descansa la especial tranquilidad que es uno de los mayores activos de este país.

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Se siente como si hubiésemos cruzado en tan sólo cinco días toda Europa – y Eslovenia continúa sorprendiendo. El último día lo pasamos en Jeruzalem, una región vinícola de gran belleza, donde los cruzados en su camino a casa de la guerra ‘santa’ contemporánea construyeron una pequeña torre de peticiones, ahora una iglesia que merece la pena ver. Aquí sin embargo ha sido durante mucho tiempo el vino, no la religión, el que está en foco. A lo largo de las sinuosas carreteras se puede visitar a los productores, así como vivir y comer en algunas de las muchas “granjas turísticas” (el equivalente italiano de ‘agriturismos’).

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Una copa de grappa directamente del aparato de destilación del enólogo Milan Hlebec en Kog se siente como una forma perfectamente buena de finalizar y digerir esta récord de rápida “gira europea”, que debería haber puesto al propio Julio Verne celoso. [svd.se]

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