La vida y muerte de un “vagabundo de primera clase”

Trovador-Facundo-CabralFacundo Cabral  despidió su último concierto con la siguiente frase: “Ahora las daré en Quetzaltenango y después que sea lo que dios quiera porque él sabe lo que hace…”

“Si los malos supieran lo buen negocio que es ser bueno, serían buenos, aunque sólo fuera por negocio”. Si al menos sus asesinos hubiesen escuchado esta frase de Facundo Cabral (dicha en algunos de sus espectáculos), tal vez ayer hubiesen comenzado una genial carrera por la pacificación de Guatemala.

Pero no lo escucharon. Y Cabral, un trovador más que un cantante, un juglar moderno más que un autor de varios temas célebres, fue asesinado ayer en la capital guatemalteca de dos disparos.

La muerte más incomprensible para alguien que llevó un mensaje de paz por todo el mundo.

Dueño de una infancia pobre junto a seis hermanos y una madre a la que por amor y devoción transformó en personaje de sus espectáculos y sus historias, Cabral había nacido en Buenos Aires el 22 de mayo de 1937.

Pero su infancia transcurrió entre La Plata y Ushuaia, y entre la ciudad bonaerense de Tandil y el mundo al que recorrió con el desparpajo de un argentino tradicional pero también con la austeridad de un monje tibetano.

No leyó ni escribió hasta los 14 años, cuando comenzó aprenderlo todo. Lo bueno y lo malo de la vida. En la calle y en un reformatorio para menores, donde recayó por su condición de niño violento.

Entre otras cosas, aprendió a tocar la guitarra y con ella partió hacia Mar del Plata, donde comenzó a hacer presentaciones como aficionado, cantando poemas de Atahualpa Yupanqui y del folclorista José Larralde, bajo el nombre de “El Indio Gasparino”.

En aquella década de los 60 en los que luchaba por hacerse un lugar en la música local, todavía estaban lejanas sus menciones a dios y a su madre, y sus referencias bíblicas; pero ya abrevaba con fluidez en Walt Whitman y frecuentaba a Jorge Luis Borges para discutir sobre San Agustín, San Francisco de Asis o Diógenes entre otros filósofos, de los que aprehendió cierto cinismo en su humor a la hora de componer sus relatos. Se lo podía definir como una anarquista sin militancia o “un ser descaradamente libre”, como se autodefinió no hace mucho.

A todos los citó en sus espectáculos y de todos se nutrió para difundirlos, de la misma forma que lo hacía con sus amigos taxistas o pordioseros que iba ganando en sus viajes.

Fue en 1970, cuando al componer “No soy de aquí, no soy de allá”, que hiciera popular su amigo Alberto Cortez, trascendiera el estrellato y las fronteras de su argentina natal. Más de 700 versiones en 28 idiomas se grabaron de esa canción, paradójicamente, la última que cantó en su vida, el jueves en Quetzaltenango.

En 1975 amenazado por la banda ultraderechista Triple A, se exilió en México y des México recorrió el mundo. El propio Cortez, sostiene que fue en esa etapa “donde quedó atrapado por la cuestión mística, el mensaje religioso”.

Cuando en 1984 regresó al país con su espectáculo FerroCabral, lo esperaba una multitud y el éxito en ventas. Ya había perdido a su esposa y una hija en un accidente aéreo, y un cáncer lo tenía a mal traer, contra el que luchó denodadamente, en los consultorios y en los escenarios, más en los escenarios que en los consultorios (“porque allí recibí al inyección de salud para seguir adelante”), y se dedicó a viajar y a vivir en cuartos de hotel.

“Rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita” o “el hombre cuanto menos posee puede sentirse más libre”, repetía Cabral. […] [eluniversal.com.mx]

 

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