Con buggy en Brasil

Vamos a 70  kilómetros por hora a lo largo de la orilla del agua. Salpica en nuestro entorno. Las botellas de agua rebotan en los pies cuando nos alejamos para evitar las mareas. Honestamente, ¿existe una mejor manera de viajar en un paraíso tropical que conducir por la playa a lo largo de la costa?

Son las cinco de la mañana y la luz del amanecer tienta en el horizonte. Salen las jangadas. Las balsas jangadas son rodadas al mar sobre troncos y desaparecen entre las olas. Un poco más lejos va el personal del bar Freedom y recoge las botellas de cerveza en la arena después de la ‘fiesta de luna’ de la pasada noche. Cuando el sol finalmente sale del mar se encuentran las balsas un buen tramo fuera en el Atlántico. Una cuadrilla de pescadores atrasados golpean abajo de la ​ escalera de madera que conduce a la famosa playa. Estuvieron despiertos y jugaron a las cartas hasta demasiado tarde la noche anterior y perdieron la oportunidad de ir en alguna de las balsas que salieron por la mañana que cuidan de la caza de langostas con jaulas.

– Podemos ir con uno de los barcos de pesca habituales más tarde. Tranquilo, sonríe uno de los chicos.

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En la playa la música del bar de samba ha cesado y el cambio de vigilantes en el clásico pueblo hippie brasileño Canoa Quebrada está en marcha. De haber sido uno de los lugares de fiesta nocturna más calientes del noreste de Brasil se ha convertido en moderno pueblo de pescadores en los últimos diez años.

– Bom dia, saluda una mujer hermosa de unos cincuenta años que va de caminata enérgica a lo largo de la orilla del agua.

Ella se mudó a Canoa Quebrada de la ciudad industrial de Curitiba en el sur de Brasil cuando recibió la noticia sobre cáncer de mama el año pasado. Ahora ella está operada y se levanta a las cinco cada mañana para mantenerse en forma.

– El sentirse bien es la mejor manera de garantizar que no vuelva, dice ella, y desaparece a lo largo de la costa.

Además de algunas parejas alegres de fiesta que se quedaron en la arena, somos sólo yo y un puñado de brasileños madrugadores que están fuera y se mueven. Me siento en una roca en la arena y pienso en la clásica canción de Caetano Veloso Lua e Estrela, que él escribió a una chavala hippie que conoció en Canoa Quebrada a finales de los setenta. La que llevaba un anillo adornado con una estrella y una media luna.

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Ahora entiendo lo que quería decir Caetano. En una de las paredes rocosas que se extienden hacia la meseta donde el pueblo se ha instalado hay una media luna grande tallada junto a una hermosa estrella. Mide cinco por cinco metros.

– Es nuestra marca. Canoa Quebrada está patentado, se ríe un pescador y sigue adelante ‘trotando’.

Hace seis años era sobre todo el turismo nacional que venía a las playas de arena fina a lo largo de la costa en el noreste de Brasil. En ‘aquellos tiempos’ sólo había un vuelo regular a la semana a la región desde Europa. Todos los demás vuelos estaban obligados a ‘bajar’ a Rio de Janeiro o São Paulo. Un desvío de ocho horas de vuelo eficientes.

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Hoy hay vuelos regulares desde Europa todos los días del año a Fortaleza, Natal y Recife.

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El ‘boom’ turístico recuerda a lo que sorprendió a Tailandia durante los años noventa. La diferencia es que muchos de los europeos que van al “Nordeste” han comprado una casa de vacaciones aquí.

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En los últimos tres años los precios del terreno se han triplicado en la región y españoles, portugueses y noruegos luchan por las mejores parcelas de playa a lo largo de la costa de mil kilómetros de largo.

Se ha vuelto demasiado caro el vivir en España. El euro acabó con la Costa del Sol, dice un noruego con el que me encuentro en Beira Mar, el seductor paseo marítimo de Fortaleza.

Él construye bungalows en Brasil.

– Se tarda siete horas en avión desde Europa. Créeme, de aquí a diez años será igual de corriente tener alojamiento de invierno aquí como hace un tiempo era en la Costa del Sol española.

La primera vez que estuve en la ciudad de dos millones de habitantes Fortaleza fue hace unos años cuando yo y mi pareja de hecho íbamos por la costa de São Luís en el estado de Maranhão al paraíso hippie de Jericoacoara. Nos quedamos una noche en Fortaleza en el camino de regreso a Río de Janeiro. Recuerdo que era difícil ‘colgarse’ en los restaurantes a lo largo de la Praia de Iracema. Ahora está mejor. Los “barrios malos” en torno al ‘club de música’ Pirata Bar han recibido un lavado de cara y la vida alrededor de la zona hotelera de Meireles en el paseo marítimo se ha vuelto más atractiva. El nuevo centro cultural en la colonial Praça Dragão do Mar es el mejor en todo el estado de Ceará y el moderno club de techno Mucuripe Club es todavía el entretenimiento de fin de semana más impresionante de la región.

Esta vez me quedo aún así sólo unos días en la gran ciudad. Viajo junto con Anders, fotógrafo y amigo cercano, y es por la costa que hemos venido aquí. Vamos a alquilar un buggy de playa y conducir a lo largo de las playas de la ‘esquina brasileña’. De la playa de Cumbuco al norte de Fortaleza al ’paraíso de kitesurf’ Barra do Cunhaú al sur de Natal. Una aventura de 640 kilómetros de playa de arena.

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– Tenéis cinturón de seguridad aquí si queréis usarlo, dice nuestros conductor de buggy y saca los arnés.  

Nos tensamos fijos.

Everado muestra ser un buen tipo. Se crió en Natal y se fue a Francia a los dieciocho años de edad. Su padre era un agregado militar de la embajada de Brasil en París y dejó a su hijo en Europa después de terminado su servicio. Everado se mudó a Roma y luego a Tokio. Varios años más tarde trabajaba como camarero en un restaurante francés de categoría en Londres y encontró a su francesa.

– Cuando el turismo comenzó en Natal nos largamos aquí. Eso fue hace seis años. Hice un curso de conductor de buggy y aprobé el examen. Ahora vivo del turismo y mi mujer ha iniciado una escuela internacional para todas las familias extranjeras que se han mudado aquí, dice el 48 añero Everado y gira para eludir algunas rocas que sobresalen en la orilla de la playa.

El equipaje está amarrado en el ‘box’ del techo. Las botellas de agua rebotan en los pies. El brazo derecho y la rodilla están empapados de crema solar factor 30. La montura de las gafas apretada. Hay un ambiente un poco a la Paris-Dakar en el buggy. Vamos a 70 kilómetros por hora a lo largo de la orilla del agua. Salpicamos en nuestro entorno. Cumbuco y Fortaleza se encuentran ya a 100 kilómetros por detrás de nosotros.

– La marea está entrando, grita nuestro “buggeiro”. Más adelante tendremos que conducir por la carretera.

La semana pasada el mar se llevó a tres buggies. Los pilotos habían juzgado mal la marea y fueron ‘encarcelados’ entre el mar y los acantilados. Los pasajeros tuvieron que trepar a tierra, mientras que los neumáticos se hundían más y más en la arena mojada. Finalmente los coches ‘se ahogaron’ y pudieron ser remolcados sólo cuando el mar se retiró.

– El agua salada se impregnó y lo jodió todo. Tuvieron que llevar los buggies al desguace, dice Everado y conduce arriba a la carretera.

Al día siguiente nos ponemos en marcha al amanecer y presionamos para llegar a la curva de Ponta Grossa antes de que llegue la marea alta. La fresca brisa del mar me hace despertar y me pongo a pensar que me gusta ir en buggy. Honestamente, ¿existe una mejor manera de viajar en un paraíso tropical que conducir por la playa a lo largo de la costa?

– Da gracias a la legislación ambiental brasileña, bosteza Everado. Prohíbe toda propiedad privada de terrenos de playa. La costa es de todos. Es un lugar público. De lo contrario, nunca habríamos podido conducir aquí.

De hecho, en pocos lugares del mundo se puede viajar tan lejos a lo largo de la costa sin ser interrumpido por un cartel que diga “Área Privada”. La democratización de la playa es una de las pocas cosas que el gobierno brasileño en realidad ha tenido éxito. Un elemento progresivo en una historia por lo demás oscura de corrupción, anarquía y estructuras arcaicas.

Un poco más adelante nos detenemos en un pueblo. Cuatro barracas de madera se extienden a lo largo de la playa.

– Aquí es muy animado los fines de semana. Los campesinos del interior acostumbran a venir aquí. Hacen parrilladas de pescado y beben cerveza, dice Everado y para el motor Volkswagen gruñiente. 

Es todavía mañana y ninguno de los otros conductores de buggies han iniciado sus etapas del dia.Está vacío en el café donde acostumbran a parar con sus turistas.

– Se han tomado ‘mañana dormilona’. Creo que no saldrán hasta que haya reflujo de nuevo, dice un chico y nos sirve café.

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Una hora de recta más tarde llegamos a Ponta Grossa. Estamos tan a tiempo que el partido de hoy todavía se puede jugar en la arena mojada. Dentro de poco sin embargo irá la marea a cubrir el campo de fútbol y los postes de la meta que están insertados en el fondo arenoso. Un poco más lejos viene un chaval con rastas que lleva consigo una jaula de langostas. Vende langostas por cerca de un euro la unidad.

– Podéis pedir a cualquier restaurante que os las cuezan.

Nos miramos los unos a los otros, compramos tres langostas y nos las llevamos con nosotros en el buggy.

En la línea fronteriza entre los estados de Ceará y Rio Grande do Norte se eleva un faro de la nada. Se siente como que hemos entrado por la puerta de atrás. En la colina al lado se extiende una lujosa villa. En la orilla de la playa alguien está construyendo una “pousada”. Un restaurante está ya listo. Se nota que las cosas están a punto de suceder a lo largo de la costa en el noreste de Brasil.

Después de la siguiente curva se extienden las industrias de la sal. Es aquí donde la mayor parte de las reservas de sal del mundo se almacenan. Hectáreas tras hectáreas de piscinas de sal. En algunos lugares se elevan montañas blancas de sal marina seca. En otros lugares la sal se ha oscurecido y es gruesa. Es esta la que se exporta a Escandinavia y Europa Central como sal de carreteras.

– No es tiempo para la langosta pronto, grita Anders y apunta a la cubeta que salpica en el coche.

– Una marea más, luego estaremos en el destino, responde Everado.

Cuando los portugueses, holandeses y franceses se establecieron a lo largo de la costa brasileña en el 1600 había dos formas de ganar dinero. Plantaciones de azúcar o venta de madera. En ambos casos las consecuencias resultaron las mismas. La espesa selva tropical Mata Atlántica que cubría la costa fue desmantelada. Después de unos pocos cientos de años de deforestación no quedaban árboles tropicales para atar la arena.

La erosión comenzó

En Galos (?), a medio camino entre Canoa Quebrada y Natal, es más evidente. Una península de decenas de kilómetros de largo se está propagando con la más fina arena del Sáhara que ha soplado del mar. Jugamos con el buggy en las dunas y conducimos deslizándonos. Una y otra palmera se levantan en el paisaje desértico. Por lo demás es sólo al otro lado de las dunas de arena que el verde se está extendiendo de nuevo a lo largo de uno de los grandes ríos. Aparcamos fuera del restaurante de Donna Irene y colocamos el balde con las langostas en la barra. Casi se siente como que las hemos pescado nosotros.

– ¿Podrías cocerlas de almuerzo para nosotros?

Irene se ríe y cocina una de los mejores almuerzos que hemos tenido en mucho tiempo.

Por la noche pernoctamos en Galinhas en la punta de la península. Una acogedora posada se ha construido consistente en diez bungalows de madera. Cada casa tiene dos hamacas y una ducha de agua dulce. Una de las pocas maneras de llegar aquí es con buggy a lo largo de la costa. La distancia a la “civilización” hace que aquí no han encontrado el camino españoles, portugueses y noruegos todavía.

– Estamos en paz, sonríe David Morais que dirige la pousada.

 

 

Dos días más tarde llegamos Natal y nos duchamos. La arena se ha metido hasta en los oídos. En la Rua da Salsa está la vida nocturna en marcha y en un rincón del club Açúcar se encuentra Patrik Sjöberg en uno de los sillones. Suda. Después de que la policía federal de Brasil se enterara de que había tomado cocaína en Suecia, su solicitud de permiso de residencia permanente está en peligro. Lo dejamos en paz y festejamos en cambio con los demás en la colonia de extranjeros que se ha mudado de Marbella hasta el balneario de Ponta Negra a las afueras de Natal.

– ¿Habéis viajado en buggy? Parecéis un poco demacrados, se ríe una brasileña en el bar.

Yo y Anders nos miramos el uno al otro. El sol ha quemado nuestras caras pero alrededor de los ojos las gafas de sol han dejado círculos blancos. Tenemos pinta de mimados ‘skibums’ de Chamonix.

– Iros a la Praia da Pipa  mañana y arreglar el bronceado. Es la mejor playa de la costa, dice ella y ‘erosiona’ en una traicionera caipirinha.

Cuando cierra el ‘club nocturno’ buscamos el hotel en el paseo marítimo. La luz del amanecer empieza a aparecer en el horizonte y siento que si hay algo que he aprendido en este viaje es estimar las mañanas. Las agradables horas justo antes de que el día se pone en marcha y la gente de la noche deja con cuidado el día para las personas mañaneras. La marea ha cambiado mi ritmo circadiano.

5 consejos sobre la costa del sol brasileña

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Jericoacoara – una playa difícil de dejar

Durante muchos años, la playa de Jericoacoara era la inaccesible playa de la que todos los brasileños hippies hablaban. La gente trataba de superarse unos a otros con historias acerca de lo difícil que era llegar aquí. Alguien dijo que se vieron obligados a alquilar un jeep de tracción a las cuatro ruedas y abrirse camino a través de la arena durante horas. Otros dijeron que sufrieron en la caja de transporte de un tractor durante todo el día. Un día conocí a una francesa que ‘cambió las tornas’. Ella habló de lo difícil que era dejar Jericoacoara. Ella iba a estar cinco días, alquiló una cabaña en la playa y se quedó durante seis meses. Ella reprimió su trabajo como exitosa consultora de IT  y aprendió a hacer joyería de alambres de plata.

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Hoy es mucho más fácil llegar a Jericoacoara, incluso tan sencillo que una sociedad de inversión italiana a construído un acogedor hotel jetset en la orilla de la playa. El viejo pueblo hippie con las mayores dunas de arena de la región, es aún así  una de las verdaderas joyas entre los nuevos destinos turísticos en el noreste de Brasil.

jericoacoara.com

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Cumbuco – una calma moderna

Aquí se viene para encontrar paz y aún así no estar aislado por completo. El moderno pueblo de pescadores está situado a 30 kilómetros de Fortaleza y fue antes un lugar donde los habitantes ricos de la ciudad construían sus casas en la playa. Hoy muchos inversionistas extranjeros han empezado a construir en el pueblo y el primer campo de golf del estado se construirá aquí. La calle principal tiene una decena de restaurantes y bares y todavía se compone de arena. Es acogedor, especialmente en el bar reggae Mungangos donde hay mucho ambiente por las noches. Aquí se reúnen muchos de los conductores de buggies y kitesurfeadores después de haber estado colgados en las dunas alrededor de la laguna Lagoa do Banana durante los días.

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setur.ce.gov.br 

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Ponta Negra – un imán turístico decadente

La primera playa en el noreste de Brasil que atrajo a los turistas del resto de Brasil y Europa. Hoy el balneario más o menos ha crecido junto con la ciudad de Natal. Por desgracia es el paseo marítimo de Ponta Negra todavía decadente. La parte trasera del ‘boom’ del turismo es visible de noche cuando hombres europeos buscan ‘sexo de compra’ entre las ‘hermanas parias de la sociedad’. Una vez  fue tan asqueroso que la Administración de Aviación Civil de Brasil obligó a un avión chárter holandés con sólo hombres a bordo, a volver a Holanda. A dos pasos de distancia se encuentra la calle de bares y restaurantes Rua da la Salsa con una mezcla de turistas serios y clase media de Natal. Aquí se puede disfrutar en el bar de tapioca Casa de Taipa, el club de rock Sgt. Peppers o el Salsa Bar.

www.natal.nu

 

Praia da Pipa – una joya elegante

Esta es la joya entre los complejos turísticos a lo largo de la costa noreste. Hace diez años, la playa era un lugar frecuentado por surfistas hippies de São Paulo. Hoy Praia da Pipa atrae a visitantes de toda América del Sur y Europa. La calle de la playa ha sido ‘limpiada’ de vendedores de joyería y en su lugar han abierto tiendas sofisticadas.

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En los últimos años la localidad ha optado por ponerse como objetivo en la nueva categoría turística hippie chic, es decir, habitantes de grandes ciudades modernas que les gusta vivir en un ambiente bohemio pero quieren un chardonnay refrigerado para el pescado. La mejor comida se encuentra en el restaurante Tapas a cargo de una buena pareja de São Paulo. Si se quiere relajar uno por unos días hay que ir a la aldea de pescadores de Barra do Cunhaú que está de nueve kilómetros al sur. Es también aquí que los kitesurfeadores del mundo se reúnen en la desembocadura del río indio Curimataú.

pipa.com.br

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Porto de Galinhas – una playa para esnorkelistas
Una cosa que Porto de Galinhas tiene, pero que los otros balnearios a lo largo de la costa no tienen, es un arrecife largo fuera de la costa. Se puede alquilar una balsa jangada que navega al arrecife y deja a uno ‘esnorkelear’ durante horas. También es posible bucear con tubos. Varios restos de naufragios de la Segunda Guerra Mundial descansan en el fondo.
Una agradable excursión de un día es ir a la paradisíaca playa de Praia dos Carneiros, situada a pocos kilómetros al sur. Se llega allí en camioneta y luego en lancha por el río Maracaípe. Cerca está también la famosa playa de surf, Praia de Maracaípe. Es  aquí donde se celebra una de las carreras de los campeonatos del mundo de surf cada año. Un restaurante para recomendar es  el Restaurante Barcaxeira que se especializa en platos regionales del estado de Pernambuco.
portodegalinhas.com.br.

[Fuente: vagabond.se]

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soljanga

paradisecumbuco.com.br

pou

tocadacoruja.com.br

bluedreamresort.com.br.

mandacaruexpedicoes.com.br.

canoa-quebrada.com

portalcanoaquebrada.com.br

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CANOA QUEBRADA
JERICOACOARA
Dragão do Mar

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pousadapeter.com.br

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Once Minutos

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