El soto de las oropéndolas

Oriolus_oriolusEn los sotos a veces se escuchan unas voces exóticas, con un cierto aire selvático. Voces musicales, líquidas, bien moduladas, parecidas a las de una flauta grave, de madera.

En los sotos, las copas de los árboles forman una bóveda bajo la que los sonidos se propagan con una cualidad especial, suenan a vacío y a frescor.
En los sotos, al amanecer, cantan las
oropéndolas.

Aunque ya es de día, el sol aún no asoma por encima de las crestas de la sierra. Estamos en un bosque de ribera, formado por alisios, sauces y chopos, que envuelve una garganta en la sierra de Sierra de Guadarranque, en la periferia de las Villuercas extremeñas.

Como tantas otras veces, la vegetación es tan espesa, el horizonte visual está tan cerrado, que debemos “mirar” con el oído para conocer las dimensiones del lugar y la intensa actividad que se está desarrollando.

Pese a lo llamativo de su colorido, amarillo intenso en los machos, algo más verdoso en las hembras, las oropéndolas se dejan ver poco. Pasan la mayor parte del día entre las sombras, dentro de las copas. Para hacerse notar les basta con la voz. No siempre musical: a menudo intercalan unos gruñidos, tan distintos de su voz habitual que se acercan más a las llamadas de los córvidos.

Por cierto, un bando de rabilargos deambula por la zona. Y una urraca gruñe y cacarea en la misma copa en la que se esconde la voz de la oropéndola.

A medida que el sol sube y templa el aire, se anima la actividad en el soto. Aquí arriba, en la bóveda de estos bosques en galería, arrullan las palomas torcaces. Y las tórtolas. Como con prisa, trina un verdecillo. Y un mosquitero papialbo lanza su sacudida. […] [Carlos de Hita/elmundo.es]

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