Para no perder los planes sociales los cosecheros dejan la vendimia

  • En Mendoza, la cosecha de uvas debería haber terminado, y por la falta de peones apenas se recogió un 30%

  • Los reemplazaron obreros bolivianos, que trabajan en negro y viven en malas condiciones

Cuyo estalla en aromas de fruta en marzo, el resto de los meses parece justificarse en estos treinta días de esplendor. Y pensar que en rigor es un desierto, donde toda el agua depende de los ingenios del hombre. Los miles y miles de hectáreas de viña, apenas matizadas por esquinas de olivos, no ofrecen sombra sino un reto a aumentar el esfuerzo. En Mendoza, protagonista del éxito industrial más espectacular del país –aunque haya sido menos espontáneo de lo que aparenta a primera vista–, crece la frustración porque buena parte de las cosechas de uva y aceituna se pierda a falta de mano de obra. En los hechos, el boom mundial del vino argentino depende de cientos de peones migrantes, los “obreros golondrina”, que bajan cada año del noroeste y Bolivia para hacer la tarea que cada vez más desdeñan los mendocinos, incluso aquellos que no tienen empleo.

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En las grandes extensiones de viña de Maipú y Luján de Cuyo reina un clima de inquietud y de carrera contra el reloj. En esta provincia, los fines de semana largos de marzo retrasaron lo que ya venía con mucha demora. El presidente del Instituto Nacional de Vitivinicultura, Guillermo García, admitía esta semana que la cosecha de uva lleva entre una y dos semanas de atraso y que la provincia lleva recogida menos del 30 por ciento de la cosecha. Las razones climáticas no han sido decisivas ya que la diferencia no responde a una zona en particular, si bien afecta a los mejores terrenos de Argentina, Luján de Cuyo y Valle de Uco. Si la vendimia siempre termina hacia el 15 de abril, este año llegará hasta mayo, lo que pone en riesgo la producción debido a la sobremaduración de los racimos.

Mimados por los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, a través de créditos blandos de la provincia para financiar mejoras en su infraestructura, los bodegueros dicen una verdad parcial –pero la nombran en voz baja para no malquistarse: la falta de mano de obra se debe sobre todo a la ayuda que reciben los desempleados, a los planes sociales y, desde el año pasado, a la asignación universal por hijo, sobre todo en migrantes del noroeste, que tradicionalmente barren las provincias de norte a sur siguiendo la agenda de cosechas. Según estos viñateros, es inviable aumentar el precio que pagan por la recogida de uva, lo cual sería un incentivo para estos peones.

LUJAN DE C

La industria del vino sostiene la economía de todo el cordón occidental del país, desde Salta a la Patagonia. Representa todo lo opuesto a la soja. No se trata de un mero commodity, dado que supone un alto valor agregado e integra una variedad de otras industrias: el vidrio, las artes gráficas, el papel y un enoturismo que ha crecido al 120 por ciento y ya no se limita a la pura promoción de marcas. La viña es dadora de empleo: requiere de un peón cada 8 hectáreas (seguida por el olivo, de uno cada 10), mientras la soja apenas requiere de un peón cada 200 hectareas. Argentina pudo aprovechar la senda abierta por Chile, que a su vez, veinte años antes, se había servido de la brecha abierta por Australia, para conformar la exitosa –y exótica– bodega del Nuevo Mundo.

El boom del vino argentino no fue el milagro en medio de la desgracia del 2002 sino que fundó su actual expansión en plena convertibilidad del dólar, cuando los bodegueros, antes enfocados al mercado interno –de todos modos importante, Argentina es el sexto consumidor de vino del mundo–, reaccionaron con avidez a la globalización y enviaron al exterior a sus enólogos y concretaron la transferencia tecnológica gracias a la paridad cambiaria. Al producirse la traumática devaluación, el sector se benefició con grandes inversiones y pronto estuvieron en plena forma para depositar en el hemisferio norte sus vinos, de calidad similar y a un precio irrisorio. Son los mismos precios internacionales que sostienen hasta hoy; por tratarse de un producto muy globalizado, el vino debe absorber la inflación local. Los bodegueros dicen que esto es posible sólo en virtud de las ganancias monstruosas desde 2003; aseguran que hoy sólo se limitan a mejorar la eficiencia. Aunque hayan fabricado espectaculares fortunas en la última década, estos industriales afirman que en Argentina el vino no es un negocio sino una forma de vida.

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Tanto se ha dificultado la búsqueda de peones, que los grandes productores la confían a empresas de personal temporario, que hoy abastecen más del 30 por ciento de los empleados. Estas empresas cobran el 60 por ciento más por cada peón y se encargan de las cargas sociales y de las eventuales querellas, que suelen abundar al final de la cosecha. La ANSeS, que da de baja la ayuda social de estos trabajadores en cuanto se cargan sus aportes a la AFIP, demora entre dos y tres meses en volver a activarles el beneficio.

¿De cuántas personas hablamos? De miles. En una finca de 700 hectáreas, si toda la cosecha es manual, se necesitan unos 500 peones. Si está mecanizada en parte, la vendimia necesita 350 peones. Sin embargo, las entidades sostienen que apenas el 5 por ciento de la cosecha está mecanizado. Las máquinas no resuelven el problema; son objeto de debate y están desprestigiadas (según algunos, dañan el viñedo, pero sobre todo traicionan el márketing artesanal), de manera que las grandes fincas que las emplean prefieren ocultarlo o incluso las usan de noche, cuando la uva está fría y es más manuable.

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Al este de la capital, un hombre con sus tres hijos corta tomates, todos doblados sobre las plantas durante horas. Nacido en Jujuy pero con 30 años en Maipú, Evaristo arrienda la tierra y luego reparte la ganancia con el dueño; de todo el grupo solo él lleva sombrero de paja, los jóvenes combaten el sol con buzos y capuchas. Venden a 13 pesos cada cajón de tomates. Hoscos con la prensa, a fin de cuenta adolescentes, los hijos cosechan al rayo vivo, cada uno con la música de sus MP4 (Calle 13 escuchan, los reggaetones de Daddy Yankee). “Si parece un país vacío”, observa el cuadrillero. Es temprano por la mañana en este desierto verde y los camiones desembarcan a sus cuadrillas de peones: hay menos trabajadores cada año, pero 2011 será recordado como el peor. El último sueldo mínimo para un cosechador es de 2.400 pesos al mes pero pueden llegar a hacer 7.000, según su rapidez y resistencia. Un salteño, Mario, asegura que hay días que suma 400 pesos recogiendo aceitunas. Es que la viña es ámbito de un feroz darwinismo: cuánto mejor se soporten el calor, el peso de los tachos y el desgaste físico continuo, más plata llevarán a casa. Los peones migrantes hoy sostienen el trabajo rural en todo el planeta: su tránsito provee de trabajadores intensivos, sin ataduras y con mínimas cargas sociales. En los Estados Unidos, la vendimia entera está en manos de mexicanos y en Francia, de marroquíes. Ser ciudadanos de algunos países casi equivale a haber ganado el derecho de rechazar el trabajo rural, aún cuando la opción sea vivir hacinados y sin empleo en una periferia degradada. El Estado argentino, además, no propicia la ruralización de las poblaciones aunque le conviene: en zonas rurales un ciudadano le cuesta al Estado seis veces menos que su par urbano. […] (Artículo muy muy interesante – y muy largo)

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Después de unos casos resonantes de menores que murieron quemados en sus casas por haber sido dejados solos por sus padres atareados en la vendimia, los viñateros se avinieron a buscar una solución al problema. Las bodegas más grandes han reclutado y formado a sus propios cosechadores entre mendocinos de la zona; en ellas todo es por la legal. Chandon, Norton, Nieto Senetiner y Crotta abrieron guarderías modelo para los hijos de las cosechadoras: las bodegas solventan la infraestructura y el gobierno provincial a las docentes. Otras más pequeñas contratan a maestras jardineras para entretener a los chicos. Pero son pocas las fincas que soportan esta política ejemplar: “Nos encantaría alojar a los peones en hoteles de cuatro estrellas –ironiza un pequeño productor–, y contar con baños químicos, como en el valle de Napa, en California. Pero apenas dan los números”.

Según Walter Pavón, directivo de Bodegas de Argentina, que nuclea a 250 bodegas de todo el país, la falta de mano de obra rural es acuciante y se profundizó este año: “Los esfuerzos del gobierno, que desde el año pasado restablece la ayuda social una vez que termina el trabajo temporario (lo cual fue anunciado por Cristina Kirchner este año en la Fiesta de la vendimia), no terminan de convencer a los peones de volver al campo.” Al trabajar en blanco, son dados de baja de la nómina de beneficiarios y deben afrontar engorrosos trámites para volver a cobrar la asignación; en 2010 perdieron ese dinero entre mayo y septiembre. Por eso algunos piden trabajar en negro, para evitar la “baja” y posterior “alta” de la ayuda social. […] [Por Matilde Sánchez /clarin.com]

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