El bosque como instrumento

Cuatro tableteos apresurados resuenan desde cuatro direcciones distintas. Esto es una frontera, el vértice en el que confluyen y se solapan los territorios de otros tantos picos picapinos. Cada tamborileo, en ráfagas de quince a veinte picotazos por segundo, lanza una señal de advertencia a los competidores: hasta aquí podéis llegar, este tronco es mi límite.

Puesto que el tronco es el instrumento, el resonador que amplifica la señal de advertencia, es normal que cada picapinos busque el que reúna las mejores condiciones acústicas. Por lo general prefieren los troncos secos, duros, contra los que repicar mejor; su sonido es brillante, rápido, y se propaga con facilidad bosque adentro. Pero hay a quienes les gustan las tonalidades más elaboradas, más sutiles. Son los que tabletean contra leñas descompuestas, con gruesas cortezas minadas por los insectos taladradores; el tamborileo es lento, casi se pueden contar los golpes uno a uno, y el sonido resultante es sordo, apagado, cargado del aroma de la madera vieja.

En los pinares hay otros carpinteros. Destaca el pico mediano, en términos acústicos una versión acelerada de su pariente mayor. El tableteo es rápido, seco y agudo; el relincho, también.

Y el pito negro, toda una presencia misteriosa en los bosques, resumida en un grito agudo, elástico, siempre escuchado en la distancia, por detrás de muchos troncos. El complemento es un relincho emitido en vuelo.

A su manera, también los trepadores azules trabajan la madera. Los picotazos contra el tronco en busca de comida son tan delatores de su presencia como los silbidos agudos que lanzan cuando, en lugar de trepar, destrepan madera abajo. Junto a ellos sisean los delicados agateadores.

El pinar es, claro está, el dominio del carbonero garrapinos, que, como todos los miembros de su familia, la de los páridos, pone un toque rítmico sobre tanta percusión.

La comunidad forestal incluye a otras muchas especies. Este es el catálogo. Completan el elenco de los páridos los carboneros comunes y los herrerillos capuchinos. De los fringílidos están casi todos: lúganos, piquituertos, camachuelos, verdecillos, verderones y los más ubicuos de todos, los pinzones vulgares y su torrente de voz.

En el extremo opuesto, no hay canto más sutil que el de los dos reyezuelos, el sencillo y el listado. A su paso el pinar se llena de siseos y sutilezas.

Canta un cuco: las horas pasan por el pinar, el gran instrumento de percusión de los picos picapinos. [Texto: Carlos de Hita/elmundo.es]

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