El ocaso del Sol Naciente

La catástrofe del tsunami y la fuga radiactiva agravan la lenta decadencia de Japón, un país sumido en una larga crisis económica, política y social

Japón se ha asomado esta semana al fin del mundo. Pero ni el guionista de una película de catástrofes, tan de moda ahora, podría haberse imaginado una trama con tal cadena de calamidades: el peor terremoto de la historia moderna de Japón, de magnitud 9, desata un tsunami de 10 metros que, a su vez, golpea a una central nuclear y causa una fuga radiactiva sobre una futurista megalópolis de 30 millones de habitantes, que se queda desierta por el pánico, a oscuras por falta de electricidad y con el agua contaminada.

 

«Esta crisis ha revelado el insostenible modelo energético de Japón», explica a ABC Andrew DeWit, profesor de la Escuela de Estudios Políticos de la Universidad de Rikkyo, en Tokio. Con toda su crudeza, la catástrofe ha puesto de manifiesto los puntos débiles del «milagro económico» nipón, basado en el consumismo a espuertas, el derroche de energía y la fiebre tecnológica. No hay que ser demasiado listo para darse cuenta de que esto es aplicable al resto de países desarrollados en Occidente. Y si algo así ocurre en Japón, hasta ahora ejemplo de eficiencia y modernidad, ¿qué no podría pasar, por ejemplo, en España?

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Japón ha sido durante cuatro décadas la segunda potencia económica e industrial después de Estados Unidos, así como el segundo mayor mercado eléctrico. Superado el año pasado por China, el Imperio del Sol Naciente se enfrenta a una lenta decadencia que se remonta al estallido de las burbujas inmobiliaria y tecnológica y la crisis asiática en 1997. Durante esta «década perdida», la renqueante economía no ha terminado de levantar cabeza y el alicaído consumo doméstico ha derivado en la deflación, un curioso fenómeno basado en la reducción de los precios que, a su vez, repercute en la disminución de las ventas y el cierre de fábricas.

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Con unos salarios demasiado altos como para ser competitivo frente a China o Corea del Sur, Japón ha optado por entramparse en lugar de afrontar el trauma de sanear su sistema de empleos para toda la vida. La deuda pública ya representa el 200 por ciento del Producto Interior Bruto y las calles se han llenado de mendigos, como los 30.000 «sin hogar» que vagan por el barrio de Kamagasaki, en Osaka.

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Acosado por la cada vez más agresiva competitividad que la globalización ha otorgado a sus rivales asiáticos, el sello «Made in Japan» vive sus horas más bajas por la falta de innovación y el declive de sus corporaciones más emblemáticas. Escandalosos fallos de seguridad obligaron el año pasado a revisar millones de coches de Toyota, el primer fabricante del mundo, y Honda, la segunda marca nipona. Sony no da un «pelotazo» desde los ya lejanos tiempos del «Walkman» y el «Discman» y va a la zaga de otras firmas electrónicas más innovadoras como la estadounidense Apple, a la vanguardia con inventos como el iPod, el iPhone y el iPad, o la surcoreana Samsung, que le ha ganado la partida en las pantallas de plasma. Y Japan Airlines declaró la bancarrota el año pasado. […] [Texto: PABLO M. DÍEZ / abc.es]

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