En el país de los guachimanes

Ellos están literalmente en la calle; primero, porque es ahí donde trabajan pero, además, porque no los ampara ninguna ley.

Sus jornadas cotidianas transcurren entre momentos apacibles, en los que parece no pasar nada, y súbitas prisas… las que emprenden cada vez que uno de sus “clientes” regresa al auto y se dispone a partir. Es cuando sus piernas alzan vuelo para aproximarse a la ventana del conductor y esperar algo a cambio de haber estado ahí, vigilando.

No siempre hay una recompensa. Cloy, quien cuida en un costado del Parque Nacional, en San José, ha aprendido a resignarse y no perder la paz cuando un carro emprende la marcha y no le da nada.

El término “guachimán”, un anglicismo adaptado de la expresión (Watch it, man!, es decir, ¡Cuídelo, hombre!) ya está registrado en el Diccionario de la Real Academia Española y, en su segunda acepción, significa “vigilante, guardián”. Con el mismo sentido se utiliza en Nicaragua, Honduras, Guatemala, Panamá y República Dominicana.

Lo cierto es que se les ve en todo lugar. Están afuera del estadio, del supermercado, del bar, del restaurante del chino, de las oficinas públicas.

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Le guste o no, el tico ha asumido al vigilante informal como un elemento más del paisaje citadino. Algunos conductores hasta los toman en cuenta en su presupuesto al salir de casa, mientras otros se saben mil y una artimañas para escapárseles sin pagar.

La intemperie es su lugar de trabajo, y la lluvia, uno de sus grandes enemigos. “Cuando cae un baldazo, no tengo dónde guarecerme”, afirma Cuca, un cuidacarros con un decenio de experiencia. Él vigila los autos de los clientes de un restaurante mexicano, mas no tiene vínculo con los administradores del local. “Ellos no me quieren”, añade.

Al no ser consumidor del establecimiento cuyos carros cuida, acude al “chino” de la esquina para comprarse la cena, que ingiere de a pocos mientras atraviesa la calle una y otra vez. Así, abriendo y cerrando el recipiente desechable y guardando bocados para cuando haya un momento de “poco trabajo”, son sus comidas todas las noches. Sueña con poder cambiar de oficio algún día y tener su propia soda.

Taylor es otro que come in situ, es decir, le toca correr con el bocado entre los dientes, y también compra en un restaurante chino. ¿Que cómo hace para ir al baño? “Voy al mismo lugar donde cambio el menudo… los otros son muy chinchorros”. Dice, sin embargo, que trata de “resolver” sus necesidades antes de salir de la casa. Lo mismo hace Cloy, pero con la diferencia de que él suele utilizar los servicios sanitarios del edificio del Registro Civil.

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No es el chaleco reflectivo el que hace al cuidacarros; tampoco el pito o la macana improvisada. “El buen guachimán es el que está en todas, porque no es para cualquiera”. La cita es de Liliana Gómez, quien lleva diez años dedicada a esto.

Como sucede en cualquier ocupación, hay quienes la desprestigian y quienes la ejercen con orgullo del bueno. “Pregúntele al que quiera por aquí, todos le pueden dar recomendaciones mías porque saben que soy buena… Yo estoy roca y sé lo que cuesta un rayonazo en un carro. A pocas cuadras de aquí, hay unos tipos que le hacen eso al carro del que no les paga”, afirma Liliana sin dudarlo.

Consultados sobre los peligros que entraña su oficio como cuidadores de carros, los entrevistados para este reportaje coincidieron en que eso depende en gran medida del lugar donde trabajen. Puede ser muy tranquilo o tan riesgoso que hasta se han visto cara a cara con el hampa… Taylor es uno de esos, labora en horario nocturno, en el área de bares de barrio La California: “A mí una vez me pusieron un cuete en la jupa, pero yo empecé a gritar como loco para que todo el mundo se diera cuenta… el mae jaló soplado. Esto es peligroso, pero uno se acostumbra”.

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¿Quién tiene cifras exactas sobre la cantidad de vigilantes de carros que trabajan en el país? La respuesta es simple: nadie.

Lo que sí se sabe con certeza es que no hay en Costa Rica un paraguas legal que cubra este creciente negocio, ni desde la acera de los guardianes ni desde la del cliente; y los mismos vigilantes lo tienen muy claro.

Cuatro guachis accedieron a atendernos, sin carros de por medio, sin tarifas prefijadas por estacionar, y sin espetar un “bien cuidado, macho”. Permitieron que entráramos a sus casas y allí nos revelaron datos sobre su inconstante salario. Cada uno es diferente, pero en dos cosas parecen estar de acuerdo todos: en que la honradez debe ser el valor más importante del “cuidacarros profesional” y en que es requisito estar siempre despabilado… al que no lo está, le roban la vuelta o, más bien, la cuadra. […] [nacion.com]

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