Dime como te llamas y…

De la experiencia de Romeo Mareo y los nombres raros

biltutan1Mi pana Rodrigo siempre sentía una palpitación especial en su corazón cada vez que, al guiar su carro, sorprendía a la conductora de al lado cantando a mandíbula batiente con los cristales cerrados y el radio o el ‘CD player’ a todo volumen.

Su reacción habitual, cada vez que le pasaba eso, era tratar de hacerle alguna señita a la muchachona de marras, quien casi nunca se percataba de él y de inmediato seguía su rumbo motorizado pendiente de su melodía.

Pero días atrás, aprovechando la circunstancia particular de que los dos carros quedaron hombro con hombro frente a una luz roja, la muchacha no tan sólo lo vio, sino que hasta procedió a descorrer el vidrio de su ventana.

Era una chica bonita, de apariencia simpática, y ni siquiera el que estuviera cantando una pieza de los Jonas Brothers desalentó el impulso coquetón de Rodrigo, quien, exhibiendo su sonrisa de galán de telenovela barata, se atrevió a pedirle de carro a carro su número de teléfono “para invitarte a escuchar música de verdad en algún lado”.

Sin inmutarse, la muchacha, una chica moderna a más no poder, le berreó los siete dígitos…

Pero entonces le gritó su nombre.

Luego de escucharlo, y de pedirle par de veces que lo repitiera, Rodrigo se dio por vencido, borró los números que había venido grabando en su celular, apretó el acelerador y la dejó atrás como el humo.

El caso es que la muchacha tenía uno de esos nombres modernos que parecían ser la combinación mal ensamblada de dos o más nombres distintos, preferiblemente húngaros o macedónicos: Yulespikatrina, o algo por el estilo.

No era la primera vez que a Rodrigo le pasaba algo parecido: en la disco, las chicas de ahora parecían haber trasladado hasta sus nombres su natural predisposición a vestirse estrambóticamente. Y en Facebook tal parecía que había que dominar el chino para entender algunos de los nombres que se ponían las usuarias.

Y si había algo que no soportaba Rodrigo, un tipo medio chapado a la antigua, eran esos nombres medio inventados.

¿Qué de malo tenía llamarse Sofía, Carmen, Margarita, o María Luisa? se decía.

Antes parecía haber algún tipo de relación entre el nombre y la personalidad de su usuario. Y eso era mucho más fácil de detectar cuando más o menos todo el mundo barajaba nombres más convencionales.

¿Alguien recuerda de sus años de estudios a alguna Migdalia o alguna Mercedes que no fuera estudiosa, bastante religiosa y, a fin de cuentas, bastante aburrida también?

El punto es que, bajo esas reglas, cualquier aspirante a casanova nocturno, como Rodrigo, por lo menos sabía de antemano a qué atenerse.

Pero con nombresitos como Yuleisy, Chainaliz o Ekaneilee, resulta imposible deducir una cosa o la otra…

En fin, tan atribulado iba Rodrígo por estos pensamientos que ni siquiera se dio cuenta cuando una patrulla policíaca le puso la sirena y le mandó a detenerse. […] [Por Romeo Mareo/Dime como te llamas y… – El Nuevo Día]

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