La infelicidad conyugal

A propósito del centenario de la muerte del clásico escritor ruso, una mirada a su obra desde sus sentimientos, desde su tormentoso matrimonio.

“Los matrimonios felices se parecen todos; los infelices lo son cada uno a su manera”. Todos recordamos el principio, conciso y desolador, de Anna Karénina. Más triste es descubrir que quizás el autor de esta frase y la mujer que la pasó en limpio tantas veces, pensaban ambos en su propio matrimonio mientras la copiaban. Lev Tolstoi (1828-1910) y su esposa, Sofia Andreevna Bers, también conocida como Sonia Tolstói (1844-1919), habrían podido ser tan felices como cualquier otra pareja y tal vez lo fueron durante algunos años, pero al final de sus vidas terminaron siendo un matrimonio devastadoramente infeliz.

Cuando se casaron, en 1862, todos los caminos parecían abiertos. Sofia era una muchachita de apenas 18 años, que había crecido en una casa rica, llena de hermanas, alegre, y había recibido la mejor educación que podía esperarse en Rusia para una mujer de buena familia del siglo XIX: francés, piano, gramática, aritmética, costura y buenos modales. Lev, en cambio, a los 34 años, era ya un hombre hecho (aunque no tan derecho), que quería dejar una torcida juventud a sus espaldas (dos fracasos universitarios, estrepitosas pérdidas en el juego, fanfarronadas de cuartel, amores prostibularios, blenorragias, una escritura ya magistral pero todavía intermitente) y sentar cabeza al fin con el más tradicional de los métodos que existen: el apaciguamiento conyugal, o mejor, una esposa que domesticara y le pusiera riendas a su índole impredecible y salvaje.

El matrimonio era también, en términos de San Pablo, un “remedio para la concupiscencia”, es decir, una cura para esa imaginación desaforada de Tolstói, que veía en cada rostro bonito de mujer la promesa inmediata de una felicidad sin límites. Sofia era ingenua y virgen, no conocía ni a los hombres ni al mundo, pero antes de la boda, Lev quiso someterla a un primer tratamiento que le corriera los velos de la inocencia. Era una condición: se casarían solamente después de que ella leyera los diarios juveniles de Tolstói, en donde estaban narradas con detalle todas sus calaveradas, todos sus sueños mesiánicos, sus angustias de insano, sus grandiosos proyectos literarios y sus mezquinas acciones de joven noble y lascivo que seduce jovencitas burguesas y embaraza muchachas campesinas.

Sofia lee con asco y miedo todo lo que se esconde detrás de la fachada impecable de su novio, y a pesar de la repulsión y el asombro iniciales, lo acepta. Deja Moscú y se van a vivir a la casona en medio de las tierras del Conde Tolstói, en Yásnaya-Polyana, a 200 kilómetros de la capital.

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Sin contar viajes cortos, pasando por alto algunas temporadas en Moscú para que los hijos varones se educaran mejor, y sin contar la última y definitiva fuga de Tolstói, a los 82 años, en Jásnaia Poliana pasarían juntos casi medio siglo. Allí Sofia tuvo sus 16 embarazos y sus 13 hijos; allí mismo los amamantó, los crio y les dio las primeras clases; la crianza de los niños, la administración de la casa, el trabajo de la cocina y las órdenes a la servidumbre, corrían por cuenta de Sofia. […]

Después del matrimonio, Sofia, como en adelante toda la familia Tolstói, empieza a llevar un diario. En él anota: “¿Por qué no hay mujeres geniales? No hay mujeres entre los escritores, los pintores, los compositores… Toda la pasión, todas las energías de la mujer se emplean en la familia, en el amor, en el marido, y sobre todo en los hijos. Las demás capacidades se atrofian, no se desarrollan, se quedan en embrión”. [Por: Héctor Abad Faciolince/ La infelicidad conyugal | ELESPECTADOR.COM]

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