Si va a poner los cuernos, que sea sin sufrimiento

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Sexo entre amantes, ¡qué cosa tan buena… y tan peligrosa!

Eso de meterse en la cama de otros es como jugar con fuego: así como puede darles calor a los polvos también puede dejar ampollas hasta en el alma.

Esta no es, ni mucho menos, una apología a la infidelidad. Por mí, que cada quien haga lo que quiera, pero que tire la primera piedra quien no le haya adornado, alguna vez, la frente a su pareja. No lo digo yo… ¡Lo dicen las encuestas! ¡Todas!

Si esa es la realidad, lo que queda es aceptarla, pero teniendo en cuenta que hasta eso tiene su ciencia. Hay que partir de una premisa: todo aquel que se deslice a un catre ajeno debe hacerlo para disfrutar, para divertirse y no para llorar. ¡Qué bobada!

La forma expedita de convertir la experiencia en un mar de sufrimiento es meterse en un enredo de esos sin fijar reglas, unas muy claras. La primera es (sí, lo digo) no enamorarse.

Amante enamorado, amante desinflado. No espere de esta relación que el otro deje todo por usted, porque la posibilidad de que eso no pase es alta. Así que, como dicen por ahí, relájese, deje la intensidad y disfrute.

Otra cosa por tener en cuenta es que este tipo de relaciones se funda en el gusto mutuo, en la pasión y en otras ‘yerbas’, que crecen en el departamento inferior del cuerpo. Ojo: eso no excluye la racionalidad.

Por más almíbar que haya en cada beso, y por más estrellas que vea en cada orgasmo, revise en qué posición está. Una cosa es ser amante y otra un objeto que se usa para causarle celos a un tercero o el clavo que saca otro clavo. […] [ESTHER BALAC/eltiempo.com/vida-de-hoy/salud]

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