¿Es amor lo que sangra?

Porque te quiero… no te aporreo

Crecen las denuncias de violencia entre las parejas

En el 96 % de los casos, las agredidas son chicas como Carolina, que dio su valiente testimonio para este informe.

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Idas y vueltas. Carolina asegura que estaba tan acostumbrada a la relación que no se animaba a cortar definitivamente.

Tiene amenazado a todo mi entorno. Siento que nunca va a dejar de aparecer”. Las palabras brotan incesantemente de la boca de Carolina que, con 21 años, se anima a contar sobre lo que define como “un infierno”. A los 15 empezó a parar con sus amigas en un ciber cerca de su casa, en Haedo. Y ahí lo conoció a Martín, un año mayor que ella. Al poco tiempo se pusieron de novios. La relación empezó como cualquier otra, hasta que los celos se impusieron drásticamente. “La primera vez que me pegó estábamos discutiendo porque le conté que un amigo de él me estaba tirando onda. Cuando se lo dije, estalló: me zamarreó y me tiró al piso”. Desde ese momento, la violencia se convirtió en un condimento cotidiano de la relación: la desvalorización y los insultos se hacían cada vez más constantes. “Nunca me decía cosas dulces, eran siempre críticas y golpes bajos”.

Carolina (su verdadero nombre e identidad están a resguardo) es parte de la macabra estadística que presenta la Dirección General de la Mujer del Gobierno de la Ciudad, sobre casos de violencia entre parejas de hasta 21 años. Entre 2008 y 2009, el 96,6 por ciento de las personas denunciantes fueron mujeres. Además, el 86,2% recibió maltrato físico (golpes, cachetazos), el 70,7% violencia emocional (manipulación, insultos), el 15,5% violencia sexual (tener relaciones a la fuerza) y el 17,2% violencia económica (darle dinero o pagarle gastos a la pareja). Los casos que se denuncian son una ínfima parte de los que en realidad suceden: las cifras nunca son totalmente representativas. “Cuento esto porque sé que puedo ayudar a muchas personas que pasan lo mismo que atravesé yo”, dice la futura licenciada en Economía, que trabaja en un estudio jurídico.

amor2Ella cuenta que cortó definitivamente hace dos meses y, aunque sufrió muchísimo, todavía sigue justificando sus actitudes. “El roba y se droga. El padre está preso y la madre lo abandonó. Como no tenía a nadie, quería alejarme de todos. Me llegó a mentir y decirme que vio a mi vieja engañando a mi papá. Yo siempre terminaba creyéndole”. En cierta forma, ella se sentía protegida: a su novio le tenían miedo en el barrio y él, al no tener trabajo, poseía mucho tiempo libre para dedicarle: “Era muy atractivo tenerlo enteramente a mi disposición. Me iba a buscar al colegio, salíamos a pasear e íbamos casi todos los días a comer afuera”.

Poco a poco, la esclavitud se empezó a sentir. El le prohibió salir con sus amigas, ya que supuestamente también eran unas “atorrantas”. Juntarse con ellas llevaba a que en el barrio piensen lo mismo de su novia: “Me encerraba en la casa y no me dejaba salir. Me decía ‘vos de acá no te vas, te quedás conmigo’. Escondía la llave y se ponía a ver la tele”. Aunque los padres de Carolina no respaldaban la relación, no estaban enterados de la agresividad que nucleaba a la pareja: “Nunca lo quisieron, desde que me puse de novia, él no puede pisar la vereda de mi casa. Siempre supieron que era un ladrón, pero yo no dejaba que se metan”. […] [Por: Gabriel Alario/si.clarin.com/2010/10/01/home/¿Es amor lo que sangra?]

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