“Yo fui chica escort en Tokio”

Willen-Linnea

Linnea Willen, 28, fue a Japón – para trabajar como chica acompañante.

– No recomiendo a nadie hacer como yo hice. Puede terminar muy mal, dice ella hoy.

Yo sólo tenía 21 años cuando yo y mi amiga Emma viajamos a Japón para trabajar como azafatas de club.

Ya sabíamos antes de salir que era fácil conseguir trabajo, pero teníamos todavía un poco de miedo a fracasar y tener que volver a casa.

Por qué elegimos justo el trabajo como anfitrionas? Ahora, en retrospectiva, puedo ver que estaba relacionado con que fui abusada de niña, y que era una manera de tratar de acceder y comprender esas emociones – pero entonces se trataba sobre todo de una nueva forma de vivir.

No dijimos a nadie que nos fuimos o a dónde habíamos ido, pero dejamos una nota en el apartamento en Suecia, donde ponía que habíamos ido voluntariamente y no queríamos ser buscadas.

Nuestros padres nos denunciaron aun así como desaparecidas. Trataron de detenernos – pero realmente queríamos ir.

Llegamos a Tokio en mayo de 2002, encuentramos un hotel y salimos a buscar curro directo.

No teníamos nada de dinero. El último dinero se fue en el viaje en taxi hasta Roppongi, la zona donde nos quedaríamos y trabajaríamos, un paquete de cigarrillos y una taza de café a cada una de la máquina de café automática terriblemente frío.

Nuestra habitación de hotel estaba encima de un club nocturno donde las azafatas estaban vestidas a la ligera, tenían ojeras profundas y orejas de conejo en la cabeza.

Maquilladas, parecidas a muñecas e inseguras empezamos a buscar trabajo. Preguntamos sólo a hombres y elegimos a aquellos a los que nos atrevíamos a hablarles, a los que parecían menos hostiles.

Pronto uno de ellos nos llevó a una calle a pocas cuadras de distancia. Frente a un restaurante sueco, con una bandera azul-amarilla sujetada junto a la entrada, nos mostró a un club dos pisos más arriba.

La propietaria – el único nombre que obtuvimos de ella fue ‘mama’ – era una pequeña japonesa con mejillas redondas y una sonrisa indulgente.

Obtuvimos trabajo de golpe, pero no se sabíamos si o cuándo o qué salario tendríamos.

Recuerdo que uno de mis primeros clientes se llamaba Anthony. 

Él era británico, tan cortés y caballeroso como los hombres británicos son siempre, él respiraba clase, encanto e integridad.

Él estaba en parte residente en Tokio, pero tenía una vida en Inglaterra también, otra vida donde no estaba sentado con la mano en los muslos de mujeres jóvenes.

Llegó a nuestro club, el Regentclub, porque se encontraba apartado, allí no corría el riesgo de chocar con colegas u otros hombres occidentales.

Pronto quedó claro que Anthony prefirió a mi amiga Emma, lo que me hizo celosa de los dos.

Yo quería que me elijiría a mi, al mismo tiempo que yo no quería que ella desarrollara vínculos con nadie más que conmigo.

Yo obtuve otro cliente en su lugar que carecía del todo la atracción y clase de Anthony. Sus manos estaban dentro de mi sostén y arriba bajo mi falda, traté discretamente de empujarlo y alejarlo y mantener una cierta distancia, pero él era mi cliente y no podía rechazarlo.

El empezó a darme la paliza de que quería bailar y yo le dije que no, pero la ‘mama’ me dijo que bailara – o sea que bailé.

barfotaSus manos apretaban alrededor de mis tetas y frotaba su cuerpo contra el mío. Me hablaba de sus fantasías sexuales. Acerca de cómo quería que su novia fuese violada para luego tiernamente tener relaciones sexuales con ella.

Luego me contó él que tenía una hija.

Me explicó lo que se esperaba de mí como anfitriona, cuáles eran mis obligaciones y cuáles eventuales derechos yo tenía.

Ser acompañante era como una versión ‘desalada’ de una geisha: al igual que las geishas era nuestro trabajo entretener a los hombres, pero nosotras no teníamos la formación, ningún instrumento, no éramos bailarinas y no teníamos ninguna tradición milenaria contra la que inclinarnos.

Esto hizo que carecíamos tanto del misterio como de la gracia y el respeto que rodean a una geisha. Todo el refinamiento se había raspado – quedaba una mujer mentalmente prostituta cuyo trabajo era compartir su cuerpo y en consecuencia su alma.  

No sentía tanto en ese momento, traté sobre todo de cerrarme y no sentir nada. Pero sé que me entró el pánico, porque sentía que no tenía otra opción.

Habíamos entendido que la profesión en principio consistía en ser una prostituta, aunque nunca iba más allá de ‘tocamientos’ en los clubes, pero no habíamos entendido que íbamos a ser tan afectadas por ello como lo fuimos.

Nos quedamos en Japón durante tres meses y nos encontramos con una gran cantidad de hombres. No tengo ni idea de cuántos, sólo que fueron muchos.

Los sentimientos vinieron después, tuve dificultades para configurar los límites y tenía dificultades en entender la diferencia entre lo que yo y otros querían.

Lo más temible era el temor constante de ser detenidas. Simplemente no teníamos dinero, así que hacíamos algunos delitos menores como hurtos y robos e íbamos sin billete en trenes y subterráneos. Pensamos que íbamos a ganar mucho dinero, pero no recibimos apenas dinero de pago.

Yo y Emma experimentamos muchas cosas, pero aun así no me arrepiento del viaje. Es parte de mi pasado y mis experiencias recopiladas, buenas y malas.

Es a través de ellas donde se forma una su visión del mundo. Pero quiero señalar que la prostitución, el venderse, nunca es un acto totalmente voluntario. Que al igual que la anorexia o la auto-mutilación es una forma de hacerse daño.

En la mayoría de los casos es la manera de las prostitutas de lidiar con traumas sexuales del pasado, pero cada vez que se produce, será un nuevo trauma a tratar.

Aun así, el viaje me fortaleció en muchos aspectos.

El tener la vida completamente en mis propias manos y no guiarse por normas. Abrió mi manera de ver la vida.

Al mismo tiempo hubo mucho que procesar, gestionar y ocultar cuando llegué a casa. Perdí amigos y me aparté, me costó redescubrirme a mi misma y sentir afinidad con los demás.

Viví en un infierno durante muchos años, pero elegí la vida y elegí ser feliz. Es perfectamente posible hacer tal elección.

Antes me identificaba con ser para los demás, lo que otros querían era más importante que lo que yo quería. No podía decir que no, simplemente.

Hoy veo un presente y futuro muy brillante. Ahora como entonces quiero vivir mi vida en todo su potencial – la diferencia es que ahora busco la creación y la alegría de la vida en lugar de la depravación.

Japón es un país fantástico, pero si se quiere viajar allí y trabajar se debe buscar un trabajo serio desde casa antes.

No hagáis en absoluto como nosotras hicimos, podría haber terminado muy mal.

ropp

Se espera que entretengan a los invitados con conversación y cócteles

  • Clubes de azafatas son una parte de la vida de Asia oriental.
  • El trabajo consiste en que hombres llegan al club y las acompañantes los entretienen con conversación y cócteles.
  • El trabajo de las anfitrionas consiste en conseguir que los hombres beban lo más posible para que el bar gane gran cantidad de dinero.
  • La anfitrionas de clubes se diferencian de los clubes de striptease en que no se baila o se muestra una desnuda. A menudo, sin embargo, los clientes insisten en ello de todos modos.
  • Hoy se abren más y más bares donde los hombres entretienen a las las mujeres.
  • Es ilegal trabajar como anfitriona en Japón, no se puede obtener una visa de trabajo para eso. También significa que puedes tener problemas con las autoridades y clientes de bares.
  • En 1992 fue asesinada la anfitriona australiana Carita Ridgeway después de haber sido drogada por su cliente masculino, y en 2000 fue violada y asesinada la anfitriona británica Lucie Blackman por un cliente.
  • No hay cifras sobre el número de chicas escort/azafatas suecas que trabajan en Japón.
  • Según Linnea Willen fueron -las que más ella encontró durante sus meses en Tokio- rusas.

Nombre: Willen Linnea.

Edad: 28 años.

Familia: Sí.

Actual: Con el libro ”Barfota änglar” (Kalla kulor) “Ángeles Descalzos” (bolas frías) sobre sus experiencias como chica escort en Japón.

Författare: Linnéa Willén – Förlag: Kalla kulor förlagadlibris.com/se/product.aspx?isbn=9185535745

[”Jag jobbade som eskortflicka i Tokyo” | Wendela | Aftonbladet]
dailymail.co.uk/femail/article-1203841/Ho…

2 Comments

  1. Muy mala suerte la de estas chicas, pensar que ahora ganan muy bien las que se dedican a eso en Japón!.

    Trabajo en club de Roppongi de seguridad.

  2. Ser anfitriona en Japón es un trabajo digno, tanto para hombres como para mujeres. El cliente nunca puede tocar al/la anfitrion/a y algunos hasta son estudiantes universitarios. Hay una especie de “mercado” de los anfitriones en que se informa de la popularidad de estos entre la clientela y con esto el precio de la hora de su compania, sin contar las consumiciones, aumenta o disminuye considerablemente.

    Por mi parte, me parece demaciado caro pagar a una persona para que te charle y te haga beber, pero en su cultura donde son tan cerrados y es tan difícil conocer gente fuera de tu círculo social parece ser un buen escape del rígido día a día del trabajador japonés.

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