El suicidio de Íngrid

ingridÍngrid disparó a matar contra la última posibilidad que tenía de rehacer su vida política y social en Colombia. Nadie quiso decirle, al ser liberada por el exitoso operativo de las Fuerzas Militares, que mientras estuvo miserablemente secuestrada por las Farc, en muchos sectores del país crecía una irracional antipatía hacia su persona.

En medio del alud de comentarios en contra de Íngrid, prefiero pensar en los altibajos y contradicciones de la naturaleza humana.

Encuentro más justa esta interpretación. No justifica los errores. Pero es muy probable que, al tratar de comprender esos errores, evite el repudio rencoroso, el insulto fácil y la descalificación difamatoria, si es que tenemos ganas de hacerlo.

Antes de embarcarse en el fasto de su gloria mediática y económica (ha recibido más de 6 millones de dólares de anticipo en derechos de autor por sus memorias), Íngrid pudo haber considerado lo que los colombianos del común pensaban de ella.

Pero había sobredimensionado su importancia en la política después de estar seis años secuestrada y, ahora, de manera soberbia, sobredimensionaba su heroísmo de víctima.

El capital de su popularidad le alcanzó en los últimos 20 años para ser una opositora corajuda y una candidata a la Presidencia de bríos admirables. La recuerdo en nuestra entrevista del 2001*: “Hay que acabar con la política según la cual el fin justifica los medios, de la cual el candidato Uribe Vélez es uno de los voceros.”

Releo otra de sus opiniones: “Uribe Vélez significa el empoderamiento de una extrema derecha de origen terrateniente (…)”. ¿Cito más? No. Sólo aclaro que Íngrid no miraba hacia Chávez, que existía; ni hacia Correa, que no existía, sino, una vez desaparecido el comunismo, hacia un “capitalismo democrático”, que se opondría al capitalismo salvaje. Cuando miró hacia el Caguán, entre altanera e ilusa, cometió el error de creer que esa guerrilla prefería hablar a secuestrar.

Ese capital de coraje no le servía para creerse intocable, y menos ante la guerrilla que la secuestró. Tampoco le alcanzaba para llegar al corazón de quienes ahora le disparan insultos e infamias.

Creo que una pequeña parte de ese odio viene de atrás, de lo que dijo en su campaña del 2001: “El paramilitarismo no sólo está entre los hacendados y propietarios rurales sin protección del Estado; se encuentra entre los hacendados narcotraficantes (…)”. La otra parte viene de ella misma: sin saberlo, cultivó el odio de los demás contra ella.

Lo que le faltó a Íngrid, antes y después de su secuestro, fue algo más difícil de alcanzar: un soplo de modestia. Pero dio un paso en falso: con pruebas en su contra, pretendía que el Estado colombiano conciliara por unos millones de euros para compensar perjuicios materiales y morales ocasionados a ella y su familia en seis largos años de secuestro.

Los seres humanos, aquellos que tienen un lugar en la vitrina social, labran su destino de muchas maneras. Subrayo dos: de espaldas a los demás o teniéndolos en cuenta. En la personalidad de Íngrid acabó ganando la altanería de ignorar a los demás, dando al traste con una ya debilitada vocación de servicio público. […] [Por: Óscar Collazos/eltiempo.com/El suicidio de Íngrid]

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